Este corazón que te pertenece (fragmento)Hans Fallada

Este corazón que te pertenece (fragmento)

"Pero después, cuando el cheque que ella le envió al chico se contabilizó en el banco, se evidenció que ella no había dejado de pensar en él, que le había escrito con regularidad, que había vuelto a estudiar en secreto una y otra vez aquellos informes despreciados solo en apariencia con tanto desdén. En definitiva, nada había cambiado. Tal como había predicho Thomas, ese golfo era un don nadie. Y como él esperaba, volvió a aceptar el dinero de aquellos a quienes nunca había podido gritar a la cara lo bastante alto su «nunca más»… Pero la madre no había extraído de ello ninguna conclusión. Siguió siendo su hijo querido, en quien hallaba su dicha. ¡A juzgar por el estado en que ella se había encontrado ese día, él, fracasado y miserable, era cien veces más querido!
Una incongruencia incomprensible. Pero había que contar con ella, podía tornarse peligrosa. Está sentado y cavila. Le da la impresión de que aún queda algún truco al que agarrarse para asegurar aún más su propia posición. ¿Y si enviase a su madre a Estados Unidos? Bastaría una palabra para apartarla de en medio durante un trimestre o dos.
Pero eso no sería más que un simple aplazamiento; medio año no es nada. En realidad, lo mejor sería que su madre se quedase allí, bajo su cuidado. De ese modo, él siempre podría intervenir de inmediato si algo sucedía. No conoce ninguna situación a la que no pueda hacer frente.
Así que está ahí sentado, meditando. Esperando. A veces le pasa. Cuando ahora salen todas esas nuevas leyes benévolas para los trabajadores, que son una carga innecesaria y ridícula para la empresa, él las lee con detenimiento, las coloca ante sus ojos, esperando, meditando. Parecen claras y evidentes; él tiene que implantar, hacer, permitir esto y aquello.
Pero cuando ha permanecido un rato sentado, limitándose a esperar, de repente aparece el truco al que agarrarse. Todo puede interpretarse, sortearse, reinterpretarse. Él siempre obedece a la ley a la que, en el fondo, nunca obedece. Porque solo hay una ley que lo obliga a una obediencia eterna: su exclusivo beneficio personal.
Cavila y espera.
De pronto llaman a la puerta. Contesta «adelante» y entra su secretaria, una joven todavía hermosa pero de aspecto triste y malhumorado. "



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