El tesoro de la montaña azul (fragmento)Emilio Salgari

El tesoro de la montaña azul (fragmento)

"Dos días después de los narrados sucesos, al amanecer, una pequeña tropa formada por una docena de guerreros kahoas, mandada por don José y los kanakas krahoas, partían de la aldea en el más profundo silencio, internándose en los grandes bosques.
Durante aquel día, el espía que había mandado al pueblo de los nokús volvió trayendo preciosas informaciones; éstas eran que el hombre blanco se disponía a marchar a la boca del Diao, donde se encontraba probablemente fondeado su barco y que sus aliados habían ya fijado la fecha del gran pilú-pilú durante el cual sería sacrificado uno de los dos prisioneros blancos.
Aquellas informaciones habían decidido al capitán a obrar sin perder momento para sustraer al viejo bosmano a una muerte espantosa, sin duda, tratándose de él.
No queriendo exponer a Mina a gravísimos peligros, por ser la expedición bastante arriesgada, la habla obligado a quedarse en la ranchería bajo la guardia del hermano que debía asumir momentáneamente las funciones de gran jefe, y de la fiel perra de Terranova, que era especialmente temida por los kahoas, quienes nunca habían visto un animal tan grande.
Aun cuando todavía no hubiera ideado un verdadero plan, el comandante partió segurísimo de llegar a tiempo de poder salvar al viejo marinero. Para lograrlo, contaba sobre todo con la audacia y astucia de Koturé y Matemate que valían por sí solos más que todas las escoltas de guerreros, que había unidlo a su expedición para guardarse de cualquier ataque imprevisto.
La pequeña columna había penetrado animosamente bajo el bosque, remontándose hacia septentrión, donde se encontraban las rancherías de los nokús.
Aunque la obscuridad era profundísima, no llevaban encendida ninguna antorcha en previsión de que los nokús tuvieran noticia de la presencia de hombres blancos entre los kahoas y que Ramírez hubiese mandado espías a las selvas de la costa.
Matemate y Roturé, armados con las carabinas de Mina y de don Pedro, enseñados a manejarlas por el gran jefe blanco, abrían la marcha con un guerrero kahoa, conocedor al dedillo de los senderos de los grandes bosques.
El capitán marchaba después con el anciano subjefe, que había querido; tomar parte en la expedición para proteger personalmente al nuevo monarca.
A media noche hacía alto la pequeña tropa a pocas millas del primer pueblo de los nokús, emboscándose en medio de un espeso grupo de plátanos silvestres que podía servir de magnífico refugio aun en caso de no tener éxito.
Se celebró un breve consejo y se decidió que antes de volver a emprender la marcha salieran exploradores para conocer el lugar preciso donde estaba encerrado Retón.
No convenía empeñarse a fondo, siendo la tribu de los nokús numerosísima y apoyada regularmente por un buen número de marineros de la «Esmeralda». "



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