Roque Six (fragmento)José López Rubio

Roque Six (fragmento)

"El caso fue que, al cabo de los siete sermones, gracias a la facilidad con que Roque decía y el barniz de verdad que le daba a todo, el auditorio salía convencido de que se debe robar, de que se debe matar, de que se debe prestar con usura, de que se debe holgar; de todo un poco... Pero no convencidos por el lado malo, sino por el bueno, dando una vuelta inexplicable a la moral. Es como si Roque, implícitamente, hubiera demostrado que el asa de una taza no está a la derecha ni a la izquierda de la taza, y que de todas partes se puede coger la taza de la verdad. En el último sermón, en el que tocaba a la pereza, Roque dijo que él nunca estaba ocioso, y que en un viaje, donde nadie se ocupaba más que de ver pasar los árboles, había descubierto la razón del movimiento de nuestro planeta.
Aquel descubrimiento causó un efecto magnífico. Era la primera vez que de aquel pueblo salía, no ya un descubri­miento, sino ni un hecho curioso ni un político insigne, nada que diera que hablar a los periódicos. Ese deseo dormido de los pueblos por tener una estatua en su plaza principal, comenzó a despabilarse.
Naturalmente, la teoría era la del sabio compañero de via­je de Roque, allá en Francia, que desapareció, dejándose en el vagón la maleta y la teoría.
Aquel crepúsculo había sido tan definitivo, tan perfecto, que se marchó en él el sol tan de rondón, como si no fuera a amanecer nunca más. Roque sintió en aquel crepúsculo una angustia infinita, y se acordó de Josué. Ahora sí que era nece­sario detener el sol que caía como si le hubieran cazado de un tiro, en el aire. La gente no se daba cuenta de que se iba a que­dar sin sol para siempre. No había más que verlo colarse por el horizonte, no había más que ver cómo los montes le cla­vaban la dentellada de sus picadas y lo triste, lo desolado que se quedaba el mundo, después de aquel atardecer indu­dable.
Pronto no quedó más que un gajo de sol, asomando un amarillo triste, apagado, frío. Luego, ni eso. Subió de la tie­rra la oscuridad, trepó por los árboles, envolvió las pisadas, tapó los tejados. £1 mundo se llenaba de negrura de carbón, en la noche negra, sin luna. Sólo alguna ventana daba su luz triste, cuadrada, al paisaje. Era una luz que no iba a ningún sitio, que era como una voz sin respuesta o sin eco, porque la oscuridad se tragaba la luz de la ventana antes de que llegara a la tierra, a extender en el suelo su alfombrilla de pies de la cama.
Roque lloró, por ser el único que se daba cuenta de aquel crepúsculo triste. A él le tocaba ser el Jeremías de aquella amar­gura.
Se sentó en un mojón de la carretera, se cubrió la cara ardiente con las manos heladas por aquel frío negro, y lloró largo rato.
Al volver a casa, sólo le resignó la idea de un buen negocio que se le acababa de ocurrir. Había que aprovechar el apagón del mundo. Mañana, cuando los hombres esperasen, inútil­mente, la salida del sol. "



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