Una habitación pequeña (fragmento)William Sansom

Una habitación pequeña (fragmento)

"Mientras tres de las artesanas manipulaban los largos tablones de plástico —casi parecían planchas de asbesto mezclado con cabellos y cáscaras—, las otras dos colocaban un firme enrejado de bronce delante del manómetro, que ya había sido empotrado en una de las paredes internas. Las tres mujeres atareadas con los tablones montaban una especie de guardia improvisada en el umbral, y las dos que estaban adentro podían levantar la vista de su trabajo en cualquier momento para vigilar cualquier movimiento dilatorio de Margherita.
Pero Margherita se había acomodado en silencio en el borde de la cama y parecía contenta de estar allí sentada, mirando ociosa los preparativos de su nueva habitación, una habitación que, por supuesto, nunca había visto antes.
Sin embargo, no era muy diferente de todas las otras habitaciones del convento. Las paredes, pintadas al temple, eran de color verde claro; el linóleo reluciente que revestía el piso tenía el mismo color. Había pocos muebles: sólo su cama, una estructura simple y lustrosa de nogal, cubierta por una colcha de seda verde; un pequeño prie-dieu, tapizado con una tela similar; una mesa; y en un rincón una diminuta estufa eléctrica. Por lo demás, era una habitación despojada; las superficies de una limpieza inmaculada y el orden reinante eran indicios de que nadie la utilizaba. Un aire de melancolía todo, el mismo que aflora en el brillo mortalmente pulcro de las salas de estar de las casas en las afueras; salas pequeñas y cuidadas, que jamás reciben visitas, que día tras día esperan, cuando la luz de la tarde comienza a morir, que les llegue el susurro del polvo o que alguien deje caer un libro en su impoluta monotonía.
Pero era obvio que la luz de la tarde jamás había entrado en la habitación de Margherita, porque no había ventanas por donde pudiera entrar. Sólo en eso se diferenciaba de los otros cuartos, pero la diferencia bastaba y sobraba, porque el carácter de una habitación depende tanto de los ángulos bañados por la luz difusa como de cualquier otro detalle de la decoración. La nueva habitación de Margherita no tenía ventanas, entonces, pero estaba iluminada por tubos ocultos de luz eléctrica de un blanco azulado que daban una luminosidad similar a la luz de la tarde, pero incolora y proveniente de una fuente indefinida, y quizás por eso más monótona, porque su esencia misma era artificial. Esa luz iluminaba con inquebrantable severidad el ramillete de grandes margaritas blancas que la madre superiora había colocado en un florero junto al prie-dieu, como una muestra de su imparcialidad personal. "



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