Argonauci (fragmento)Eliza Orzeszkowa

Argonauci (fragmento)

"Un sirviente anunció desde el umbral de la puerta:
"Los caballos están dispuestos".
Fue invitado a cenar en la casa de uno de los más grandes dignatarios de la ciudad. Habría dado tanto por poder permanecer tranquilo aquel día. Pero tenía que marcharse. En unas circunstancias tan aciagas como las suyas -con su negocio- podría ofender a semejante comensal, lo cual sin duda conllevaría consecuencias muy desagradables. Además, probablemente se encontraría con algún comensal, cuyo bien tampoco fuera necesario. En realidad no deseaba marcharse en su fuero interno, pero tendría que violentarse a sí mismo, de modo que optó por irse. ¿Acaso no suponía eso respetar escrupulosamente la observancia de los más férreos principios? ¿Qué habría dicho aquella agria personalidad? ¿Qué él no era incapaz de reconocer y observar rigurosamente los principios? ¿Quién podría tratarle con mayor severidad y sin piedad alguna más que él mismo? ¿Cuántas de las más hermosas flores que adornaban la vida concurrirían al festín? ¿Cuántas noches había permanecido en completa vigilia, dedicado a una ardua labor física, trabajando incansablemente con implacable convicción?
Su pecho estaba adornado por un frac cubierto con el más fino lino y abotonado con brillantes botones. Sus patillas rubicundas se dibujaban en torno a un rostro de pálida y delgada tez, el aspecto de su faz era entre inflexible e impertérrito, irreprochable en el vestir, ortodoxo en la postura, se irguió en medio de su estudio y se dispuso a enguantar sus manos muy pausadamente. Tomando su sombrero, sintió una profunda amargura y árida acidez en todo su ser, la cual tendría el efecto de que cualquiera de los famosos platos de la velada en casa del alto dignatario le supieran mórbidos. ¿Qué iba a hacer? Tenía que marcharse. ¡Hallar un principio tras todo lo demás!
Cuando bajaba las escaleras, embutido en su abrigo de pieles y su sombrero, pudo escuchar el susurro de unas delicadas prendas de seda en el primer rellano, aderezado con el sonido de una ruidosa conversación en inglés bastante curiosa. Pudo reconocer las voces de su hija mayor y del barón Emil; pero primeramente vio a Malvina, que se hallaba justo enfrente de la joven pareja. Con exquisita cortesía se recluyó contra la pared para que su esposa pudiera disponer de más espacio y levantando caballerosamente su sombrero, esbozando la más amplia sonrisa de la que fueron capaces sus labios, inquirió:
"¿Las damas están aquí de visita?"
Hubo testigos de aquel encuentro. Malvina, envuelta en pieles, cuyos bordes blancos sobresalían sobre el profundo terciopelo negro, respondió también con una sonrisa:
"Sí, venimos de visita".
Pero Irene, que estaba de pie, justo unos escalones más abajo, prestaba atención a la conversación con una vivacidad inusual en ella.
"Nosotras fuimos de tiendas y allí nos encontramos con el barón".
"¿Qué planes tenéis para la noche?", preguntó de nuevo Darvid.
"Nos quedaremos en casa", terció Malvina.
"¿Cómo? ¿Y la fiesta en casa de los Zeno?"
"Nosotras no teníamos intención... dijo Malvina, en un fallido intento de autodefensa, pero al ver la mirada de su esposo, la voz se le quebró en la garganta.
"Tú y tu hija iréis a la fiesta" dijo él, apenas en un murmullo, en un leve siseo, e inmediatamente añadió en tono más alto, con una sonrisa: "Señoras, les aconsejo ir a la fiesta".
El rostro de Malvina emblanqueció tanto como la piel que rodeaba su cuello, y justo en ese momento Irene preguntó:
"¿Irás a la fiesta, padre?"
"Estaré apenas un instante. Como es habitual, no dispongo de mucho tiempo".
"Qué pena, arguyó el barón Emil, que no pueda brindarle el aguinaldo de mi hospitalidad, en torno a cuya complacencia tiendo a esmerarme en demasía".
"Yo sólo soy un pobre hombre y por esta razón he de despedirme de ustedes".
Se quitó el sombrero y había principiado a descender las escaleras cuando pudo escuchar tras él la voz de Irene, llamándole:
"¡Padre mío!"
Se excusó con su madre y el barón, advirtiéndoles de que deseaba intercambiar unas pocas palabras con su padre y corrió escaleras abajo. La entrada estaba vacía y las lámparas llenaban de esplendor la estancia; pero el sirviente suizo en librea, a la vista del dueño de la mansión, mantuvo su mano firme en el picaporte de la acristalada puerta. A los pies de la escalera permanecía una dama alta y joven, provista de un manto negro forrado de piel, con aspecto formal y un tanto pálido y taciturno, que comenzó a hablar en francés. "



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