Instrucciones para un descenso al infierno (fragmento)Doris Lessing

Instrucciones para un descenso al infierno (fragmento)

"Los delegados se miraron entre sí, extrañados, pero se sentaron de nuevo. Aunque Minna a veces se pasaba de escrupulosa, no dejaba de ser cierto que la mayoría de ellos no había cobrado conciencia de la gravedad del problema antes de la conferencia.
Ya habían visto esa película en la que se mostraba a la Tierra como un punto más en el Sistema Solar. Mientras ésta y los demás planetas se movían en las órbitas calculadas, se notaba que se hallaba bajo una gran presión, lo que se traducía en un notable incremento de la actividad en su superficie. En un principio era prácticamente despreciable, pero poco a poco empezaron a multiplicarse los seísmos, los maremotos y toda clase de cataclismos. Las condiciones atmosféricas, siempre inhóspitas para la vida en el planeta, empeoraron. Los casquetes polares se derritieron provocando grandes inundaciones a lo largo de las costas. El Cometa, por su parte, causó una serie de desequilibrios y perturbaciones entre la Tierra y sus vecinos. Durante la Conferencia, los representantes de Marte y Venus pusieron una cara especialmente larga. Cualquier cosa que sucedía dentro del Sistema (y también fuera, por supuesto) afectaba a todos; naturalmente que los más vecinos sufrían los efectos antes que nadie: la última vez que la Tierra padeció una crisis, la sufrieron por igual Marte y Venus, y el recuerdo de aquello estaba aún muy presente. Todos los delegados, incluso los de Plutón y Neptuno, para quienes los asuntos de la Tierra eran ajenos, presenciaron el filme sobrecogidos.
En él, la Tierra salía en primer plano, sin la Luna. El anterior, donde aparecían las dos, por así decirlo, como un átomo de la molécula, les había enseñado los cambios en las estaciones, el tiempo, la actividad en la corteza, la vegetación. Esta película mostraba un incremento drástico de la población paralelo a una disminución de la vida vegetal y animal y una desertización progresiva. Porque en la misma proporción en que pájaros y animales se extinguían, se multiplicaban los seres humanos, de modo que se conservaba el equilibrio. La vida orgánica, necesaria para la estabilidad cósmica, debía mantenerse en la Tierra; y pese a que los seres humanos destruían la vida orgánica de la que formaban parte, su proliferación servía para guardar el equilibrio. El problema estribaba en que su agresividad e irracionalidad también crecían constantemente. Era un proceso global, en el que un factor era indisociable del otro. En realidad, la agresividad y la irresponsabilidad humanas no aumentaban debido a la explosión de su población, sino al movimiento planetario; se trataba, pues, de distintas facetas de un mismo proceso.
Los delegados observaron espantados que las guerras, en un principio locales, se generalizaban. Al final la destrucción carecía de la menor pretensión de coherencia. En una década se aliaron naciones tradicionalmente enemigas y dejaron de invertir en recursos técnicos para destruirse. Sin embargo, la tecnología se había descontrolado ya.
Se llegó a una situación clasificada en todo el Sistema como estado de MÁXIMA EMERGENCIA: la atmósfera cada vez más envenenada de la Tierra y las emanaciones masivas de Muerte y Miedo perjudicaban en primer lugar a Marte y Venus, cuyo desequilibrio, a su vez, se propagaba hacia los demás planetas, como hizo notar la Presencia Solar al Sol mismo.
Una vez que los planetas ya no se encontraran en posición de peligro, se produciría una serie de cambios en el Sistema que, incluso ahora, y en este momento, intentaban predecir los ordenadores de un millón de laboratorios.
El penúltimo estadio pronosticado era más violento que el último. En él, la Tierra se estremecía, se hinchaba y siseaba, castigada por una lluvia de rocas, llamas, líquidos hirviendo y terremotos. Los hombres resistían y pugnaban por sobrevivir. Había movimientos de masas de animales pequeños como insectos, langostas, ratones y ratas. Se declaraban epidemias que diezmaban naciones enteras cuando el aire y el agua contaminados alcanzaban grandes áreas del planeta. Y tantas vidas humanas y animales perecían, que el silencio y la tranquilidad se apoderaban del globo. La nota distintiva del estadio final era un vacío horrible, como si todas las formas de vida hubiesen desaparecido. Pero mientras esa caldera de veneno seguía en ebullición, se vislumbraban ya los principios de una nueva civilización: humanos, sobre todo, que se afanaban por adaptarse a las nuevas circunstancias. Incluso antes de que remitiesen las convulsiones terrestres, en cuanto se suspendió el estado de emergencia, ya estaban reconstruyendo, recreando. A juzgar por su actividad creciente, la crisis había engendrado una nueva raza. Se había producido una mutación. El nuevo ser, aunque no muy diferente del anterior, estaba dotado de una percepción superior y de una estructura mental diferente. Este vestigio de una raza antigua, o principio de una nueva, no sólo poseía la experiencia acumulada de la humanidad, sino un cerebro capacitado para aprovecharla debidamente.
Una vez finalizada la proyección, los delegados salieron. Cuando no quedaba nadie, excepto el Equipo de Descenso y Minna Erve, todos ellos, unos cien aproximadamente, aguardaron cortésmente a que el Sol se marchara, si ése era su deseo, pero el fulgor penetrante y dorado permaneció inmutable. A muchos les pareció que incluso lucía con más fuerza y se animaron, pensando que se trataba de un mensaje de esperanza y confianza en la capacidad de todos ellos para llevar a cabo la misión que se habían impuesto. "



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