Las dudas de Makar (fragmento)Andrei Platonov

Las dudas de Makar (fragmento)

"Makar fue a la barraca para comer de la olla común y fortalecer su vida interna con vistas a mejorar su ulterior destino.
Makar se quedó a vivir en las obras de aquel edificio que el transeúnte había llamado eterno. Primero se hartó en la barraca de los trabajadores con una papilla negra y nutritiva, y luego fue a inspeccionar el trabajo de construcción. Por doquier la tierra había sido afectada con orificios, la gente se movía ajetreada; máquinas de nombres desconocidos clavaban pilotes en la tierra. La mezcla de hormigón bajaba por sí sola por canalones, y todos los sucesos del trabajo se desenvolvían ante sus ojos. Se veía el edificio crecer, aunque nadie sabía para quién era. A Makar no le interesaba a quién y qué le tocaría; sólo le interesaba la técnica como base del futuro bienestar general. Lógicamente, al jefe de Makar en su aldea natal, el camarada Chumovói, le hubiera interesado más cómo serían distribuidas las viviendas en el futuro edificio que el martinete de hierro fundido, pero Makar sólo tenía las manos diestras y por eso sólo pensaba en qué se podía hacer.
Makar recorrió toda la construcción y constató que el trabajo avanzaba rápida y felizmente. Pero algo triste lo atormentaba en su interior, aunque no sabía qué. Se paró en el centro de los trabajos en marcha y dio un vistazo al cuadro general: era evidente que algo fallaba en la construcción, algo andaba extraviado, pero no sabía qué. De la tristeza y el cansancio, Makar se quedó dormido al encontrar un lugar tranquilo. En su sueño vio un lago, pájaros, el pequeño bosque olvidado de su aldea, pero lo que necesitaba ver, lo que faltaba en la construcción, no lo vio De pronto, al despertarse, descubrió el error de aquella obra: para levantar una pared los obreros llenaban de hormigón los armazones de hierro. Pero ¡esto no era técnica, sino un trabajo burdo! Para que fuera técnica, el hormigón debía subir por tuberías. El obrero no se cansaría, porque sólo debería sostener la manga y con esto se impediría el despilfarro de la fuerza roja de la inteligencia en manos del trabajador no especializado.
Makar salió en búsqueda de la oficina principal científico-técnica de Moscú. Ésta se encontraba en un barranco, en un local fuerte e ignífugo. Junto a la puerta, Makar encontró a un hombrecito a quien informó que había inventado una manga para usar en las construcciones. El hombrecito lo escuchó e incluso preguntó sobre temas de los que ni el mismo Makar sabía, y luego lo envió escalera arriba a que viera al escribano principal. El escribano había sido un ingeniero científico que decidió escribir papeles para que sus manos no volvieran a tocar las obras de construcción. A él también Makar le contó sobre la manga.
[...]
Makar se desanimó al instante. Había inventado diferentes cosas, pero nunca había tratado el alma, y ahora resultaba que esto era lo principal para los de aquí. Makar se acostó en la cama estatal y guardo silencio embargado por las dudas de haber dedicado toda su vida a asuntos no proletarios.
Makar durmió poco porque comenzó a sufrir en el sueño. Y su sufrimiento se transformó en un sueño: vio una montaña elevada y a un científico en su cima. Makar seguía acostado bajo su manta, como un imbécil durmiente, y miraba al científico y esperaba de él alguna palabra u acción. Pero la persona también permanecía callada, sin ver al acongojado Makar. Sólo pensaba en la escala integral, pero no en Makar en particular. El rostro de aquel ser científico estaba iluminado por el resplandor de la lejana vida masiva que se extendía ante él, y sus ojos parecían borrosos y muertos a causa de la altura y porque tenía la mirada puesta en algo tan lejano. El científico guardaba silencio Makar, en su sueño, seguía triste.
«¿Qué debo hacer para ser útil para mí y para los demás?», preguntó Makar y se estremeció del horror.
El ser científico permaneció callado, sin dar respuesta alguna, mientras millones de vidas se reflejaban en sus ojos muertos.
Makar se arrastró hacia la cima por un suelo yerto y pedregoso. Tres veces le asaltó el miedo hacia el ser científico inmóvil y las tres veces la curiosidad espantó al miedo. De haber sido una persona inteligente, Makar no habría escalado aquella altura, pero era alguien retrasado, que sólo poseía unas manos curiosas bajo el mando de una cabeza intangible. Gracias a la fuerza de su estúpida curiosidad, Makar alcanzó al de mayor instrucción y tocó ligeramente su cuerpo inmenso y gordo. Al tocarlo, aquel cuerpo desconocido se movió como si estuviera vivo, pero al momento se derrumbó sobre Makar, porque en realidad estaba muerto.
Makar despertó por aquel golpe y vio encima de sí al guardián del albergue, que tocaba su cabeza con la tetera para despertarlo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com