Un hombre amable (fragmento)Marcelo Cohen

Un hombre amable (fragmento)

"Como un cuerpo con un súbito hueso de más, como una goma que ya no borra sin manchar, así y de otras malas maneras, Dainez salió a la calle preparado a reencontrarse con Lo Peor interpuesto entre la zona y él, indagando, forzándolo a usar artimañas mientras intentaba salvar un pedazo de mundo que, realmente nadie sabía por qué, tendía a librarse de todos los controles. Cansado, muy cansado, sin saber siquiera si la raíz del cansancio no era un autoengaño anterior a la llegada de LaMente, Dainez no encontraba manera de no recriminarse.
En la esquina del club dejó paso a cuatro mujeres que empujaban una carretilla con una bañera. Ya se estaba yendo cuando recapacitó. Les dio alcance, se situó en el punto físicamente más apto y aportó su fuerza, sobre todo al final, para llevar la bañera hasta la entrada de una casa de ladrillos. “Ahora falta que haya agua para llenarla”, dijo la inquilina. Dainez se despidió con una reverencia.
Nunca muy lejos de ningún rincón de la zona, el escultórico hombro de antimonio había cambiado de orientación, como inducido por una leve histeria que era también un deseo de completarse. Dainez vio claramente que le había crecido un poco el brazo. Casi hasta el bíceps.
En el quiosco de Vertorio, graves como ante un tabernáculo, Bolsky y otros Velados lograban no aclararse las ideas sobre el valor energético y religioso del semen. Un tal Gabriole proponía que hicieran todos lo que acostumbraba hacer él: guardar en un tarrito lo que juntaban los preservativos e ingerir una dosis al mes. Pero según Bolsky, nutrirse de leche propia para alargar la vida eran chambonadas de Lucidos; fuera donde fuera a vestirse, cualquiera fuese el móvil de la polución, el semen alimentaba algo; lo chunqui era no saber qué. Bolsky miró a Dainez de refilón, a ver si aprobaba el discurso, si reaccionaba, algo.
Pero Dainez necesitaba otro tónico. Enfrentó el perfil de Vertorio. En la tele había dos ajedrecistas desencajados de tensión. “¿Divertido?”, preguntó. “No, claro”, dijo Vertorio, y sin darse vuelta le sirvió café de un termo: “Es un juego narcótico. Pero si uno se fija mucho, termina con la impresión de que les ve el cálculo de las jugadas inscrito en la frente.”
“¿Y después?” “No sé. Es muy instructivo. Muy inútil.” Dainez dijo: “Sabe, yo necesitaría una paz mortal coma la suya.”
Vertorio se giró. “¿O sea que ese acompañante que tiene lo molesta?” “Bueno, me... intranquiliza.” “Échelo”, dijo Vertorio. “No, si no es eso”, balbuceó la soledad de Dainez. “O enciérrese en su casa, usted que puede. Es casi tan bueno como no haber nacido.”
Un muchacho de pelo crespo, ése que según Vertorio se ganaba la vida ayudando a morir, agarró un borlango de la palangana y se lo metió en la boca entero. En los dúctiles músculos de la cara se reflejó la dispersión del azúcar en el paladar, el hundimiento de la lengua en la pasta, el encuentro de los dientes con el centro candente del borlando, que crujía al fracturarse y revelaba una dulzura más tenue, hasta que toda la piel del pibe, plegándose de emoción atónita, se ahuecó bajo el ojo derecho para recibir una lágrima. "



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