Una historia de los tiempos venideros (fragmento)H. G. Wells

Una historia de los tiempos venideros (fragmento)

"Entre las invenciones que en la victoria de la humanidad transformaron el mundo, la serie de mejoramientos de los medios de locomoción que comenzaron con los ferrocarriles, y que, apenas un siglo después, terminaran con los vehículos automóviles y los caminos patentados, es la más notable, sino la más importante. Esos perfeccionamientos así como el sistema de compañías de responsabilidad limitada que reunían capitales enormes, y el reemplazo de los obreros agrícolas por hombres expertos, provistos de mecanismos ingeniosos, produjeron necesariamente la concentración de la humanidad en ciudades de una colosal enormidad y provocaron una revolución completa en la vida humana.
Este fenómeno después de que se hubo realizado, pareció una cosa tan sencilla y tan evidente, que es de admirar el que no se le previera más claramente. Sin embargo, parece que ni siquiera se tuvo idea de las miserias que semejante revolución podía implicar, y no parece que entró en la mente de un hombre del siglo XIX el que las prohibiciones y las sanciones morales, los privilegios y las concesiones, las ideas de responsabilidad y de propiedad, de comodidad y de belleza que habían hecho prósperos y felices los períodos, sobre todo, agrícolas, del pasado, concluirían por desaparecer bajo marea creciente de las posibilidades y exigencias nuevas. El que un ciudadano equitativo y, benévolo en la vida ordinaria pudiera tornarse, como accionista, implacablemente codicioso; el que los métodos comerciales que, en los tiempos remotos, habrían parecido racionales y honorables, fuesen, ya en más larga escala, mortíferos y abrumadores; el que la caridad de otras épocas llegara a ser considerada como un simple medio de pauperización y el que los sistemas de empleo de esas épocas hubieran sido transformados en esclavitudes extenuantes; el que, en el hecho, una revisión y un desarrollo de los derechos y deberes del hombre se hubieran impuesto como una necesidad urgente, eran cosas que no podía concebir el hombre del siglo XIX, profundamente conservador y sometido a las leyes en todos sus hábitos de pensamiento, conformado como estaba por un método de educación arcaico.
Se sabía que la aglomeración excesiva de las ciudades implicaba peligros de pestes sin precedente, hubo un desarrollo enérgico de los procedimientos sanitarios; pero el que los flagelos del juego y de la usura, del lujo y de la tiranía, llegaran a ser endémicos y tuvieran espantosas consecuencias, superaba en mucho a las suposiciones que se podían hacer en el siglo XIX. De tal manera, por algún proceso por decirlo así inorgánico, al cual no se opone prácticamente la voluntad creadora del hombre, se verificó el crecimiento de las desdichadas ciudades hormigueros que caracterizaron al siglo XIX.
La sociedad nueva fue dividida en tres grandes clases.
En la cima, dormitaban los grandes poseedores, colosalmente ricos por accidente más bien que por designio, poderosos, salvo en cuanto a la voluntad y a las aspiraciones: en resumen, el último avatar de Hamlet en el mundo. Debajo estaba la multitud enorme de los trabajadores al servicio de gigantescas compañías que lo monopolizaban todo. Entre esos dos se hallaba la clase media empequeñecida: funcionarios de todas categorías, capataces, gerentes, las clases médicas, legales, artísticas y escolástica y los ricos en pequeño, clase cuyos miembros llevaban una vida de lujo incierto, por medio de especulaciones precarias, séquito de las de los grandes directores. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com