Colomba (fragmento)Prosper Merimée

Colomba (fragmento)

"Separado muy de niño de su padre, Orso no había tenido tiempo de conocerlo. Se había marchado de Pietranera a los quince años para ir a estudiar en Pisa, y de allí había pasado a la Escuela Militar, mientras que Ghilfuccio paseaba por Europa las águilas imperiales. Orso no le había visto en el continente sino en raras ocasiones, y hasta 1815 no fue a servir al regimiento que mandaba su padre. Pero el coronel, inflexible en la disciplina, trataba a su hijo como a todos los otros jóvenes tenientes, es decir, con mucha severidad. Los recuerdos que Orso había conservado de su padre eran de dos clases. Lo recordaba en Pietranera, confiándole su sable, haciéndole descargar su escopeta cuando volvía de cazar, o cuando le hizo sentar por primera vez, pequeño aún, a la mesa familiar. Después recordaba al coronel della Rebbia arrestándolo por cualquier tontería y no llamándolo nunca más que teniente della Rebbia. «Teniente della Rebbia, no está usted en su puesto de batalla: tres días de arresto. — Su pelotón está a cinco metros más de lo debido de la reserva: cinco días de arresto. — Está usted con gorra de cuartel a las doce y cinco: ocho días de arresto.» Sólo una vez, en Cuatro Brazos, le dijo: «Muy bien, Orso; pero ten prudencia.» Por otra parte, estos últimos recuerdos no eran los que le evocaba Pietranera. La vista de los lugares familiares a su infancia, los muebles de que se servía su madre, a la que había querido tiernamente, suscitaban en su alma una multitud de emociones dulces y penosas; después, el sombrío porvenir que se le presentaba, la vaga inquietud que su hermana le inspiraba, y, por encima de todo, la idea de que miss Nevil iba a venir a su casa, que le parecía ahora tan pequeña, tan pobre, tan inadecuada para una persona habituada al lujo, el desprecio que ésta sentiría tal vez, todos estos pensamientos formaban un caos en su cabeza y le producían un profundo desaliento.
Se sentó, para cenar, en un gran sillón de encina ennegrecido, en el que su padre presidía las comidas de familia, y sonrió al ver que Colomba vacilaba en sentarse a la mesa con él. Le agradeció por otra parte, el silencio que ella guardó durante la cena y lo pronto que se retiró al acabar, porque se sentía demasiado emocionado como para resistir a los ataques que sin duda le preparaba; pero Colomba lo comprendía y quería darle tiempo de reflexionar. Con la cabeza apoyada en una mano, permaneció largo rato inmóvil, repasando en su cabeza las escenas de los últimos quince días que había vivido. Veía con espanto lo que todos esperaban de él respecto a los Barricini. Se percataba ya de que la opinión de Pietranera empezaba a ser para él la del mundo. Tenía que vengarse, so pena de pasar por un cobarde. Pero ¿en quién vengarse? No podía creer que los Barricini fueran culpables de asesinato. Es cierto que eran enemigos de su familia, pero se necesitaban los groseros prejuicios de sus compatriotas para atribuirles un asesinato. A veces contemplaba el talismán de miss Nevil, y repetía en voz baja el lema: «¡La vida es un combate!» Al final se dijo con tono firme: «¡Saldré vencedor!» Con tan buen pensamiento se levantó, y, tomando la lámpara, iba a subir a su cuarto, cuando llamaron a la puerta de la casa. La hora no era propia para recibir visitas. Colomba apareció inmediatamente, seguida de la mujer que los servía. «No es nada», dijo corriendo hacia la puerta. No obstante, antes de abrir preguntó quién llamaba. Una voz suave contestó: «Soy yo». Enseguida se quitó la tranca atravesada en la puerta, y Colomba volvió al comedor seguida de una niña de unos diez años, descalza, harapienta, con la cabeza cubierta por un mal pañuelo, bajo el que asomaban unas largas mechas de cabellos negros como alas de cuervo. La niña era delgada, pálida y tenía la piel quemada por el sol; pero en sus ojos brillaba el fuego de la inteligencia. Al ver a Orso, se detuvo tímidamente y le hizo una reverencia como la que hacen los campesinos; luego habló a Colomba en voz baja y le puso en las manos un faisán recién matado. "



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