La loma del ángel (fragmento)Reinaldo Arenas

La loma del ángel (fragmento)

"De todo el público allí presente, tanto en carruajes como a pie, salió un ah fascinado. Evidentemente la Condesa había cautivado a toda la sociedad habanera, desde los modestos empleados del gobierno que quedaron boquiabiertos bajo la alameda hasta las grandes damas nobles o las distinguidas señoras que la contemplaban embelesadas.
Se impuso entonces como una suerte de emulación entre los paseantes. Todos querían acercarse a la aristócrata y saludarla. De esta manera, como disparados por un resorte, volantas, calesas, caballos y quitrines se lanzaron al centro del Prado intentando marchar paralelamente a la volanta de Los Montalvo.
Naturalmente, por lo estrecho del paseo resultaba imposible que todos a la vez pudieran presentar sus respetos a la dama por lo que se desató una verdadera furia entre los caleseros que azuzados por las señoras se lanzaban contra el carruaje más próximo a fin de ganar un puesto privilegiado. Al mismo tiempo los hombres de a pie irrumpieron en el paseo central pereciendo muchos entre las ruedas de los vehículos. Como si aquello fuera poco, los esclavos recogedores de sombreros se lanzaron también tras la comitiva en busca del bombín de su señor que había rodado por el polvo, ya al chocar contra las ramas de un árbol, ya al ser derribado por el sablazo de uno de los dragones que enfurecido quería poner orden a aquella barahunda.
El único personaje que dentro de aquel insólito torneo parecía disfrutar del paseo era la Condesa, quien con la eficaz mona en su regazo manipulaba impasible su imponente abanico, sonriéndole encantadoramente a una dama que perecía destripada entre las ruedas monumentales de una calesa, o a un esclavo que daba gritos de júbilo pues a pesar del caos había logrado capturar el sombrero de su señor.
Como si el número de personajes distinguidos que querían homenajear a la Condesa fuera reducido, se vio irrumpir desde la Calzada de Jesús del Monte los coches del Capitán General y del señor obispo, las únicas dos personas autorizadas a utilizar este tipo de carruajes. Ante la presencia de las dos figuras más prominentes de la Isla, los dragones, orientados por su teniente, cesaron de vigilar y repartir palizas a los paseantes, por lo que la confusión del tránsito se hizo aún mayor.
Fue entonces cuando, en medio de aquella inmensa polvareda que se elevaba en remolinos hasta el mismo sol, surgió una mano hábil y veloz que acercándose rápidamente a la volanta de la Condesa comenzó a tirar de su peineta calada. Se trataba de la negra Dolores Santa Cruz quien desde hacía años, luego de haberse arruinado, deambulaba enloquecida por toda la ciudad. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com