Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (fragmento)Pío Baroja

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (fragmento)

"Por la noche se reunían los que iban a la redacción y otros que no iban a ella, en un café, y se entretenían en inventar camelos a costa de don Braulio.
Adaptando otra palabra del francés al castellano, decían que iban a epatar a don Braulio.
De entre toda aquella gente, el que más se distinguía por sus camelos, por sus ocurrencias, por todo, era Juan Pérez del Corral, el compañero de casa de huéspedes de Silvestre.
Era Juan Pérez hombre de unos treinta y tantos años, alto y flaco, el bigote negro levantado hasta los ojos, el cuerpo rígido como un tarugo, la cara chupada, los ojos turbios detrás de los lentes, la nariz larga y encarnada en la punta, la boca grande, de oreja a oreja, que sonreía con la sonrisa dura de una careta sonriente.
Su aspecto tenía algo de matón; sus ademanes eran de una petulancia inaudita; su indumentaria, fantástica. Gastaba chambergo de alas anchas, que le daba la apariencia de un mosquetero; su traje no correspondía a la marcialidad de su sombrero, pues sus chaquetas y gabanes eran de un color tan extraño, que no se podía comprender fácilmente cómo serian de nuevos.
Gastaba chambergo de alas anchas, que le daba la apariencia de un mosquetero; su traje no correspondía a la marcialidad de su sombrero, pues sus chaquetas y gabanes eran de un color tan extraño, que no se podía comprender fácilmente cómo serian de nuevos.
Pérez del Corral mentía con una tranquilidad admirable, y se creía un discípulo aventajado de Maquiavelo y del divino César Borgia. Ése era el adjetivo que empleaba al hablar del célebre príncipe.
Tenía una memoria admirable, una petulancia de damisela, una soberbia satánica y a veces rasgos de un desprendimiento y de una generosidad de gran señor. A don Braulio le volvía loco cuando hablaba de los escritores contemporáneos; decía: «El llamado Echegaray. Ese pobre desgraciado de Selles… El llamado Picón, que se dedicaba a fabricar cuerda», y así iba calificando a unos y a otros.
Algunas noches, cuando salía del café la tribu harapienta, Pérez del Corral arrastraba a las masas a la plaza de Oriente y allí arengaba a los reyes de piedra, o acercándose a un árbol, para dar pruebas de sus facultades de actor, gritaba —no se podía decir que declamaba—, un parlamento de Don Juan Tenorio o de Los amantes de Teruel. Sobre todo, de este último drama, aquello de: «Infames bandoleros, que me habéis a traición acometido», lo decía de una manera, y la o final de bandoleros la vocalizaba de tal modo, que una vez había hecho salir la guardia de Palacio a enterarse de lo que pasaba.
Otra de las figuras importantes del café era Betta, que se pasaba la vida alcoholizado, siempre impasible con su bello rostro árabe, de barba y pelo negrísimos, la pipa en la boca.
Admirador muchas veces de las salidas de algunos de los bohemios, era un poeta notable, hombre callado, cara de cerdo triste. "



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