Estrellas de noviembre (fragmento)Mauricio Magdaleno

Estrellas de noviembre (fragmento)

"Los dos muchachos se separan en la esquina, una esquina en la que volotea aún el humo azulenco de una locomotora. Uno vuelve la calle, rumbo al escape. Otro atraviesa la calle y se mete en una vecindad en cuyo portalón hacen corro los vecinos a una mujer que aúlla, borracha, reclamando algo referente a un Fermín. Cae en el asfalto una sombra de agua. Todavía navega en los cielos un humo azulado. Viene de cualquier parte, a la distancia, la voz de Jorge Negrete cantando una tonada de valentones en una sinfonola. En el patio enfangado una voz dolorida clama:
—¿Qué hacías, hijo? ¿Cuántas veces quieres que te diga que no andes con ese perdido del Gaby? Sabías muy bien que estaba mala y que tenía que entregar la ropa.
Aurelio penetra y pasa frente a su madre, en el cuartucho. Responde, en un tono neutro:
—No pude venir antes.
En un rincón, la mujer ordena la ropa recién lavada. Luego, enciende la hornilla del brasero. Se mesa, por fin, el cabello empapado y hace el recuento de las piezas, en silencio. Las planchas se calientan, entre las brasas, y entre una y otra coloca unas cazuelas y un jarro. Aurelio engulle ávidamente los frijoles y las tortillas y se despereza, limpiando el plato hasta dejarlo brillante como un cofre de automóvil.
—Aurelio… tú no eres malo. ¿Qué te cuesta agarrar el buen camino? El Gaby no tiene oficio ni beneficio, y tú sí. Ya oíste lo que dijeron el otro día las del 21: que lo vieron parado frente a La Virreina mientras unos desalmados asaltaban la zapatería. Seguro que él fue el que les echó agua cuando pasó la radiopatrulla. Llórate solo, pero no mal acompañado. Tú eres hijo de un hombre honrado que murió cumpliendo con su deber. ¡Hazlo por la memoria de tu padre, hijo!
La súplica de Rosalía se pierde en un silencio sórdido. La mujer se levanta e inicia el planchado. En el patio vocifera un coro de chicos. Aurelio piensa en las palabras de Gabino García y se siente insuflado por una oleada de orgullo. El cabecilla lo ha tratado de igual a igual, y el cabecilla, por lo mismo que ha andado a golpes con la vida y sus enredos, sabe lo que dice. Hasta cuentan que tiene una mujer y que vive con ella. Aurelio sospecha que sea Lucha, la güerilla de la vecindad de enfrente, pese a que últimamente la muchacha parece empeñada en demostrar a todo el mundo que no sólo no tiene relaciones de ninguna índole con Gabino, sino que hasta le es repulsivo. Sin embargo, Aurelio recuerda, ahora, haber oído decir a alguien:
—¡Miren a esa mensa! ¡Con esos ojotes y esa cara y haber escogido la basura! ¡Con lo fácil que le sería buscarse a un hombre que la mantuviera! Ese tarzancillo anda en líos y el día menos pensado duerme en la Penitenciaría.
Los cuatro años que Gabino García aventaja a Aurelio Contreras son tan definitivos que convierten a éste en satélite de aquél. Entre la palomilla de los de Atlampa y Peralvillo le sigue con una adhesión punto menos que incondicional y se esfuerza por imitar sus ademanes, sus gestos, su voz, su descaro. Todo eso le huele a hombre. El ejemplo de Gabino lo indujo a fumar, ingerir el primer trago en una cantina, jugar tramposamente en el billar y, por fin —hacía de ello un mes—, desvalijar un automóvil apostado en un callejón, a la vuelta de un cine. Los cristaleros vendieron las piezas robadas a un don Agustín, allá por el Anillo de Circunvalación. Por cierto que el muy canalla les dio setenta y cinco pesos por el radio tras amenazarlos con la policía si no aceptaban. "



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