Francamente, Frank (fragmento)Richard Ford

Francamente, Frank (fragmento)

"Sigo mi itinerario del peregrino esta noche —sólo son las cinco y diez pero bien podría ser medianoche— para visitar a mi primera mujer, Ann Dykstra, que ahora vive en el Ala Beth Wessel de la Comunidad de Carnage Hill, una residencia muy moderna que facilita cuidados especiales en lo que una vez, cuando nos casamos, hace cuarenta años, eran los verdes campos de Haddam. Hoy día, la «Comunidad» linda con un campo de golf Robert Trent Jones del estilo faux links, que los árboles, ahora con las hojas caídas, no dejan ver desde la carretera. A la izquierda, en el interior del bosque, hay una «escuela» de piragüismo cuyas luces amarillean afanosamente la noche de nieve fugaz. Se entrevén otras grandes mansiones, accesibles por verjas con protección uniformada. Una vez era posible recorrer con la mirada casi cualquier parte del paisaje colonizado de los alrededores y saber el aspecto que tendría en el futuro; los usos a que lo destinarían las sucesivas oleadas de resolución humana, como si en sus profundidades albergara una lógica escondida, el genoma de su posterior lo que sea. Pero por aquí, ahora, todo es un enigma. Puede que sea cosa de la edad, que cada vez explica más cosas sobre mí, como una clave maestra de descodificación. En Nueva Jersey ya casi hemos agotado los últimos dos millones y medio de hectáreas de terreno remotamente urbanizable. Estamos en camino de construirlos todos hacia mediados de siglo. Los impuestos sobre la propiedad tienen un tope, pero nadie quiere vender porque nadie quiere comprar. Todo lo cual hace que los precios se mantengan altos pero los valores bajos. (En todo el camino hacia aquí sólo he visto un solitario cartel de Sotheby’s). Muchos propietarios se dedican ahora a alquilar sus lujosas villas de dos mil quinientos metros cuadrados a estudiantes de Rutgers con padres ricos, adoptando una perspectiva a largo plazo sobre el mantenimiento y el deterioro para cuando venza el arrendamiento de esas moles fastuosas.
Entretanto el propio Haddam está aplicando recortes en servicios. Demasiado dinero «derrochado» en salarios, dicen los republicanos sobre el consejo municipal. La brecha presupuestaria es de quince millones. Muchos de los antiguos empleados del departamento técnico del ayuntamiento han recibido una notificación de despido en estos días previos a Navidad. La anterior representación del Nacimiento, aparcada hace una década, con los Reyes Magos personificados como robustos arios en vez de como negros y morenos levantinos, se ha restablecido, ahora que la empresa de alquiler del apropiado belén racial ha subido los precios. Las ramas de acebo sólo adornan una de cada tres farolas de Seminary Street. El trineo mágico de Santa Claus en la plaza tiene ahora un conductor más pequeño a las riendas: el Santa Claus original, de tamaño natural, fue robado, posiblemente por estudiantes de Rutgers. Tres tiendas con excelente ubicación están ahora vacías (impensable en otras épocas). La construcción de casas adosadas —famosa mala señal— continúa a ritmo acelerado frente al cementerio donde mi hijo Ralph Bascombe yace enterrado debajo de un tilo, recién arrancado por el huracán. Se rumorea que una Dollar Store y una Arby’s están comprando donde una vez prosperaban Laura Ashley y Anthropologie. «El centro no se sostiene», fue la declaración yeatsiana de The Packet. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com