El último tren a la zona verde (fragmento)Paul Theroux

El último tren a la zona verde (fragmento)

"Fue al día siguiente, en la sabana llana y ardiente, unos kilómetros al norte de Tsumkwe, cuando me encontré —como contaba al comienzo de este relato— con el nido de termitas en un montículo de arena suave, pulverizada por las hormigas, y, con solo esa mínima elevación bajo las suelas de mis zapatos, el paisaje se abrió en un abanico majestuoso, como las páginas agitadas de un libro aún por leer.
Reanudé el paso detrás de una fila de hombres y mujeres menudos, casi desnudos, que caminaban deprisa bajo un cielo cubierto de fuego dorado a través de la seca corteza de lo que en otros tiempos se conocía en afrikáans con el burdo nombre de Boesmanland (la tierra de los bosquimanos) y, más en general, como Kaokoveld. Después le habían dado el nombre de Nyae Nyae, y era el hogar de los !kung y, dentro de estos, de subgrupos como los ju/’hoansi; nombres difíciles de pronunciar que designaban a la antigua raza que aún habitaba en la región.
Un viejo sueño mío era conocer a estas gentes y hablar con ellas en su propio pueblo, aunque «pueblo» es una mala traducción de n!ore, la extensión de tierra de la que vivían; un trozo de terreno con límites imprecisos que consideraban su hogar. Era una zona de la sabana en la que había agua, animales salvajes y suficientes bulbos, tubérculos, raíces, semillas y frutos de mongongo con los que alimentarse. Pensaba que tendrían un campamento (tshu/ko) y construirían una especie de refugios —poco más que paravientos o techados de ramas—, meros lugares para dormir, no para vivir ni con gran espacio para moverse. Vivían a cielo raso, alrededor de la hoguera. Esa era la idea que teníamos de los ju/’hoansi viajeros como yo, voyeurs románticos en muchos casos.
Hace mucho tiempo, en el periodo de más libertad de mi vida, trabajé como maestro en África durante seis años. Después había vuelto al continente de vez en cuando, en ocasiones con estancias de meses. Navegué por media docena de grandes ríos, incluidos el Nilo y el Zambeze, recorrí las estribaciones de los montes de la Luna y crucé el lago Victoria y el lago Malaui. Viajé desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo. Fraternicé y trabajé con los angonis, bagandas, nubios, karomojongs, watutsis, wagogos, masáis, zulúes, kikuyus, los senas de Lower River, los pigmeos batwa del bosque de Ituri y muchos más. Pero en todo ese tiempo no había conocido a ningún ju/’hoansi —un pueblo huidizo y que prefiere vivir en pequeños grupos— en su propio territorio. "



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