La vida en una caja de cerillas (fragmento)Fatos Kongoli

La vida en una caja de cerillas (fragmento)

"Me abrió la puerta mi madre. ¡Menos mal!, exclamó. Por un instante quedé desconcertado. Estaba pálida. Nunca mi madre me había parecido tan pálida. Tan envejecida. El hombre al que le iban estupendamente las cosas se repuso. Estrechó a mi madre entre sus brazos, la besó en las dos mejillas, incluso se atrevió a hacer una broma carente de gracia: Hoy estás como una verdadera señorita, le dijo. No vaciló en repetir la misma broma sin gracia en la sala de visitas. En cuanto a mí, conseguí al menos no escapar de allí antes de haber puesto un pie dentro.
En el salón, aparte de mi padre, me encontré con Anila y su marido, Dhimitër Mikeli. Comprendí que su presencia no era fruto de la casualidad: debería enfrentarme al consejo de familia. El escenario que había compuesto se lo llevó el viento. Tuve el impulso de largarme, no estaba en condiciones de soportar a nadie. Fue el momento en que intervino el hombre al que le iban las cosas de maravilla. No te preocupes, me dijo, déjame a mí. Y al instante improvisó un nuevo guión.
Papá, comenzó dirigiéndose a mi padre, no creas que he olvidado tu cumpleaños. El 7 de diciembre de este año cumples los setenta. Lo celebraremos, querido, lo pasaremos bien. ¿Qué dices tú, joven señorita?, se volvió hacia mi madre, lo pasaremos bien, ¿no es verdad?
Mis pobres padres me contemplaron sorprendidos. Al parecer, el hombre al que le marchaban las cosas magníficamente daba muestras de una euforia inapropiada. Eso creía también Anila. No te hagas el gracioso, me dijo, no te va ese papel. No pude contradecirla. Estaba representando un papel, era verdad. Anila captó mi vacilación y decidió pasar al ataque. Te lo juro, dijo, no comprendo lo que te está pasando. Desde que rompiste con Veronika te has convertido en un borracho que no hace más que perder el tiempo. Para ti ya no cuenta nadie, ni tus padres ni nosotros, nadie. ¡No se va hundir el mundo por una Veronika! Hay Veronikas por docenas y, perdóname, bastante más interesantes.
Me asaltó el impulso de pararle los pies. Era verdad, desde hacía varios meses llevaba una vida de parásito. Pero, en lo relativo a Veronika, consideraba necesario hacer una precisión: contrariamente a lo que mi hermana imaginaba, contrariamente a lo que todos los demás imaginaban, Veronika había desempeñado en todo esto –si se me permitía continuar haciendo uso de la palabra «papel», me gustaba esa palabra, era muy expresiva– un papel que nadie excepto yo podía comprender. De modo que mejor la dejábamos al margen de nuestra conversación.
En lugar de rebelarme, elegí capitular; dejé que Anila derramara su hiel. Y lo hizo triunfalmente. Debía renunciar a la bebida. Poner fin a mi vida de parásito. Poner fin al escandaloso derroche del alquiler de La gaviota. Y una última cosa, aunque no por su importancia –así se expresó Anila tras una retahíla de disposiciones de ese mismo estilo, dignas de una presidenta de ONG como ella–, debía encontrar un trabajo. Debía ponerme en movimiento de inmediato. Si no lo conseguía por mí mismo, ellos estaban dispuestos a echarme una mano. ¿No es verdad, Dhimitër?, se dirigió a su esposo.
Hasta ese instante, Dhimitër había guardado silencio. Y habría continuado igual si Anila no le hubiera interpelado. Para no molestar a mis padres, siempre había dado muestras conmigo de una fingida benevolencia, pero de hecho, con independencia de su aptitud para el disimulo, el marido de mi hermana no podía soportarme siquiera.
A Bledi le sobra inteligencia, dijo tras una breve vacilación. La cuestión es si quiere o no quiere trabajar. Si quiere, no me parece a mí que le resulte difícil encontrar empleo en cualquier periódico. Todo el mundo lo conoce. Después de lo cual sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor que le cubría la cara. Afuera oscurecía, el bochorno era asfixiante. Aproveché la oportunidad para cambiar de tema. Aquí hace un calor tremendo, mi dirigí a mi padre, tenéis que instalar un acondicionador.
Mi tentativa de cambiar de conversación fracasó. Ni mi padre ni mi madre dieron muestras del menor interés. En cuanto a mi hermana, me repitió con la mirada: ¡No te hagas el gracioso! Y yo volví a sentir el impulso de rebelarme. Decirle: Yo no me hago el gracioso, hermana querida, no lo he sido nunca. Beber no significa por fuerza ser divertido, pregúntale si quieres a tu marido. Lo importante es que comprendas que no debe meterse en el mismo saco a un gracioso y a un borracho. Además, ni siquiera se plantea esa pregunta. Yo no soy ni gracioso ni borracho, rechazo esos títulos para mi persona. ¿Qué soy yo? Resulta difícil decirlo. Pero aquí está presente todo un señor fiscal que estaría encantado de ponerme él mismo las esposas y yo no tengo intención de proporcionarle esa satisfacción. "



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