La Puerta del Sol (fragmento)Fernando Fernán Gómez

La Puerta del Sol (fragmento)

"En uno de los salones del palacete de los Somontes están ya acomodados, en espera de que se sirva el chocolate, doña Carlota y su marido, a los que acompañan sus dos hijas, jóvenes casaderas, don Lauro y su esposa, la señora de la casa —doña Rosa— y su hija Micaela. Jacinta y Mariana, las doncellas de doña Rosa y de la señorita Micaela, y el mozo de comedor están disponiendo lo necesario y toda la reunión acaba de descomponerse con la llegada de doña Leticia y su ahijado, Pablo Zamora. Hablan todos a un tiempo, se saludan, se estrechan las manos, se besan en las mejillas al estilo francés. Doña Leticia pensaba que por el horrible suceso de la mañana suspenderían los de Somontes el chocolate, y la verdad es que en un tris estuvo doña Rosa de suspenderlo. Si no lo hizo fue en atención al ahijado de doña Leticia, Pablito Zamora, recién llegado a Olivera. Opina doña Leticia que a veces una no sabe qué es lo mejor ni lo peor. Doña Carlota, la señora del doctor, está de acuerdo y añade que, según le dice su experiencia, hay ocasiones en que se haga una cosa o la contraria, las dos son malas. Como ejemplo de lo delicado que es tomar una decisión vale lo que le sucede en ese momento a la señora de Somontes, que no sabe si deben esperar al padre Covisa o servir ya el chocolate. Hay un murmullo general en el que todos se muestran partidarios de esperar al sacerdote. Pero el que llega, acompañado por un criado, que le retira la chistera y el bastón, es don Sebastián, el señor de la casa. Aún no se sabe nada del marqués de Olzar, se le ha tragado la tierra. Todo Olivera está pendiente de ese crimen… Mariana oye al señor pero no presta atención a sus palabras, está pendiente de su señorita, que tiene la mirada fija en Pablo Zamora y no escucha nada de lo que se habla.
[...]
Se despoja de la levita y se sienta en el borde de la cama. Cierra los puños y los aplica a la zona ovárica de Micaela; presiona fuertemente, con violencia, con ferocidad. Mariana se lleva instintivamente, como para contener un grito, las manos a la boca, solidaria con el dolor de su señorita, que se incorpora como un autómata y lanza un alarido quejumbroso. El doctor la contempla sólo un instante y en seguida le sacude una tremenda bofetada en la mejilla izquierda y a continuación otra aún más violenta en la derecha. Micaela ya no ríe ni tiembla espasmódicamente, sino que llora con llanto infantil, bañado el rostro en un torrente de lágrimas. Todos los que se encuentran en la habitación la contemplan en suspenso y ven cómo la respiración de Micaela se hace poco a poco más sosegada. "



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