Los habitantes de la casa deshabitada (fragmento)Enrique Jardiel Poncela

Los habitantes de la casa deshabitada (fragmento)

"Fiorli.— Con ansiedad. ¿Le has visto? ¿Has visto al «Hún­garo»? ¿Ha pasado el «Húngaro» por aquí?
Melanio.— ¿Cómo?
Raimundo.— Desde el reloj, volviéndose. ¿Qué?
Gregorio.— Volviéndose también y viendo a Fiorli. A Rai­mundo. ¡¡Ahí va!! ¡Ya ha vuelto otra vez, señor! Ese es Fiorli... ése es el que quiere desnudarme.
Fiorli.— Saltando a escena y cerrando la trampa. A Melanio, ansiosamente, sin ver a Raimundo y Gregorio, que están tras él. ¿Estabas tú aquí cuando ha pasado el «Húngaro»? ¿Le has visto? ¡No pongas esa cara de imbécil y habla! ¡El «Húngaro» ha entrado en la casa! ¡No ha valido de nada tu vigilancia y ha conseguido entrar, por fin! ¡Esto te va a costar caro, Melanio! Cogiéndole por un brazo y sacudiéndole furioso. ¿No se te mandó que le echases mano y nos lo trajeras vivo o muerto? ¿O es que el muerto quieres ser tú? Ha entrado en la casa escondido en el camión, y el mecánico no aparece y él ha subido hace un rato por aquí... Señala a la trampa del suelo. ¿Por dónde se ha ido el «Húngaro»? ¿Dónde está ahora? ¡Contesta!
Raimundo.— A Fiorli. ¿Pero cómo quiere que le conteste si no le deja usted hablar?
Fiorli.— Volviéndose. ¿Eh? ¿Quién es ése? Acercándose a Raimundo. ¿Quién eres tú? ¿El mecánico?
Raimundo.— El mecánico, sí, señor.
Gregorio. — Aparte. ¡Aguanta!
Fiorli.— ¿El hombre de confianza que manda Atanasio para que se ocupe en lo sucesivo del camión?
Raimundo.— Justamente.
Fiorli.— Entonces, ¿has sido tú el que ha traído a éste Por Gregorio de parte de Atanasio?
Raimundo.— Sí, señor.
Gregorio.— Aparte. ¡Cada vez más liados!
Fiorli.— ¿Y dónde te mas metido desde que llegaste?
Raimundo.— He estado buscándole a usted. Atanasio me dijo que me preséntese al señor Fiorli. ¿No es usted el señor Fiorli?
Fiorli.— Si, yo soy. Pero ¿por dónde me buscabas?
Raimundo.— Por la casa...
Fiorli.— Y no habiendo estado aquí nunca, ¿cómo sabías...?
Raimundo.— Me informó Atanasio acerca de la casa y acerca de todo lo demás.
Fiorli.— ¿De todo?
Raimundo.— Absolutamente de todo, principalmente acerca del asunto de la señorita Sibila.
Fiorli.— Pero, entonces, te hablaría también del «Húngaro»...
Raimundo.— Sí, señor. También.
Gregorio.— Aparte. ¡Liados por completo!
Fiorli.— ¿Y no te dijo Atanasio que el «Húngaro» ha vuelto a España, que renda la casa hace tiempo con intención de en­trar, y que si lo veías, al atravesar en el camión la arboleda, que le echases el guante, fuese como fuese, y me lo entrega­ras a mí?
Raimundo.— Sí, señor. Pero ni éste Por Gregorio ni yo vimos alma viviente al atravesar la arboleda.
Fiorli.— ¿Qué señas te dio Atanasio del «Húngaro»?
Raimundo.— Alto, delgado, con aspecto de loco.
Fiorli.— ¡No hay duda! Pues has de saber que sin que lo vierais el «Húngaro» se metió en el camión.
Raimundo.— ¡No es posible!
Fiorli.—Sí lo es. Y está aquí, en la casa, en plena libertad para actuar y dispuesto a todo.
Raimundo.— ¡Ahora me explico!... Efectivamente, un hom­bre de esas señas ha salido del sótano y se ha ido por allí...
Fiorli.— ¡¿Eh?! Corre hacia la puerta que ha indicado Rai­mundo.
Gregorio.— Aparte. ¡Toma! Ya está liao también Jacinto. "



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