La Rosa (fragmento)Robert Walser

La Rosa (fragmento)

"¿No suena a megalomanía, contaba Titus, despegar los labios para decir que mi madre era una princesa y que unos bandidos me raptaron para convertirme en uno de ellos? Pero yo lo digo sólo a guisa de adorno, para que la gente no se aburra conmigo desde el principio. Si alguien me preguntara por mi lugar de nacimiento, yo mencionaría Goslar, aunque sea una jugosa mentira. Mi madre nunca me mimó, cosa de la que sin duda sólo podré alegrarme. Goslar, según leí hace algún tiempo, es fascinante en su atuendo primaveral, y como soy propenso a la credulidad, acepté gustoso la afirmación. Con los bandidos aprendí a lavar, coser, cocinar e interpretar a Chopin, aunque rogaría no tomar esta declaración demasiado al pie de la letra. Tengo la impresión de estar fantaseando aquí de lo lindo, y espero hallar indulgencia. ¿No puede acaso el escritor tocar el instrumento de sus ocurrencias con el mismo deleite con que, por ejemplo, un músico toca el piano? Cuando era alférez tenía un ordenanza que me trataba con cariño. Llegué a una ciudad, me puse a recorrer las calles, y busqué y encontré un puesto apropiado, al tiempo que conseguía comida y alojamiento donde una familia cuyo jefe era tan arisco como su mujer indulgente. Enseñé a sus dos hijos a liar cigarrillos y aprendí inglés en compañía de una señorita. Sentada en su habitación, una camarera alta y pálida parecía una rosa aureolada de romanticismo, la bondad de corazón en los ojos; con las dos palabras que me concedió me hizo feliz, aunque yo no supiera aún a ciencia cierta qué era la felicidad. Una tercera inquilina, una viuda, me trataba con tanta familiaridad que el gruñón me hizo saber que no podía consentir esos amoríos en su casa. La paz es un problema difícil. Me pasé al oficio de escritor para luego abandonarlo poco a poco. Al este de un imponente centro comercial conocí en una taberna a una mujer de ojos negros envuelta en amarillo. Pero ¿no parece esto un desempaquetar recuerdos que, puestos en letras de molde, podrían fácilmente resultar sentimentales? A mí, tipo mediocre, me iba igual que a aquéllos cuya principal experiencia consiste en cruzarse con mucha gente sin entrar en contacto con nadie. Insólito soy quizá sólo por el hecho de haber perdido una infinidad de tiempo y haberme percatado de ello con placer. En vez de envejecer, fui rejuveneciendo. Haberme estupidizado un poquito es algo de lo que, decididamente, me envanezco. Soy orgulloso y limitado, y he tironeado de mi nariz con tanta insistencia que ha acabado adoptando una forma encantadora; le he rezado todo el tiempo al buen Dios para llegar a tener un aspecto infantil, lo que también he conseguido. Mi pecho es un nido de sierpes, no es de extrañar que eleve una mirada implorante a gente que por eso me cree dócil, pero ¡qué discursos tan inadmisibles son éstos, que desfiguran la construcción de las frases! Quien no tiene la buena voluntad de mentir no tiene remedio. Ser sincero es raramente decoroso. Para hacer una confesión: llevo conmigo un amor que en parte me aburre, pero también me da alas. Invitado por una asociación para el fomento del arte poética a entregar un nuevo manuscrito, me puse a girar, mariposear y corretear por todos los cafés donde una dama me parecía lo bastante condescendiente como para permitirme alzar la mirada hacia ella. Desde entonces soy el más pálido y el más rubicundo de los enamorados; lástima, eso sí, que las canciones de amor más sublimes ya hayan sido escritas y existan en forma de libro; con qué gusto me introduciría en los palacios de la literatura por la puertecilla de los proveedores para servir embelesado. Ayer me adentré en un paisaje nimbado por una especie de oro preprimaveral, me quité el sombrero ante la encantadora mamá naturaleza, me senté en un banquito y rompí a llorar. En la ramificadísima red del método de rejuvenecimiento las lágrimas constituyen, según mi experiencia, un punto de empalme nada irrelevante. Ya no se deja uno crecer las uñas. En el matrimonio piensa la parte contraria. El pelo hay que lavárselo semanalmente. A mis pies se solazaban las olas, y a través del valle, compuesto apaciblemente por una suave sucesión de colinas, vibraba una alegría como la que muestra el rostro de un hombre que ha permanecido bueno, que ha vivido años sin que la vida haya logrado agriarle el carácter. Maravillosas son la decrepitud y la juvenilidad de la Tierra. "


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