Aguas turbulentas (fragmento)Higuchi Ichiyo

Aguas turbulentas (fragmento)

"Hacía rato que se había hecho de noche. Los clientes de abajo se habían ido. Alguien estaba cerrando los postigos de la fachada del establecimiento. Sorprendido por lo tardío de la hora. Yuki Tomonosuke se disponía a marcharse cuando Oriki, de modo resuelto, le invitó a quedarse a pasar la noche. Argumentó que sus zapatos ya habían sido guardados. ¿Acaso pensaba deslizar los pies desnudos por el resquicio de la puerta como un fantasma? No; debía quedarse. Un último ruido de cierre de postigos hizo que se extinguiera por completo en la sala toda luz procedente del exterior. Solo se oían resonar bajo el alero los pasos de un agente de policía efectuando su ronda nocturna.
[...]
Cerca del alero había un gran pino. ¿A quién debía de haber jurado fidelidad esa mujer para estar viviendo tan solitariamente en esa casa? Solo un instrumento hubiese podido responder a esta pregunta, pues solo a él le confiaba sus pensamientos desde hacía muchos años, aplicándose en interpretar las melodías más entrañables. En la delgadez y fragilidad de sus diecinueve años, tenía la gracia de una rama de sauce mecida por el viento. Sin embargo, cuando sacaba su caja de plectros y se disponía a tocar, ¿qué importaba este mundo hecho de polvo? Era como si la misma princesa de la montaña guiase sus manos sobre el instrumento, como si el viento mismo de los pinos hiciese vibrar las cuerdas. Serena, sonreía olvidando los sueños y la realidad, indiferente al viento, a la lluvia e incluso al trueno que resonaba.
[...]
¡Cómo envidio a quienes celebran en sus poesías y en sus cantos la belleza de la nieve, junto a la de la luna y las flores! Porque para mí es todo lo contrario. Los días en que cae sin cesar la nieve me recuerdan un pasado doloroso y todavía muy presente. La nieve me hunde en los remordimientos y la tristeza. Me ahoga en ocho mil lamentos inútiles. ¡Qué error haber abandonado la tierra de mis antepasados y haber huido lejos de mi tía, que con tanta ternura me criaba! He ensuciado el nombre que mis padres me dieron. Me habían llamado Tama, su «joya». Jamás hubiesen podido imaginar que la rutilante piedra preciosa se vería un día empañada por los arañazos de una vida tan miserable… He caído en un torrente de montaña y voy a la deriva, para ser finalmente tragada por la turbulencia de las aguas, con ayuda de la nevada que ese día cayó. "



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