Vida de este capitán (fragmento)Alonso de Contreras

Vida de este capitán (fragmento)

"Metiéronme en la cárcel con gran guarda, donde estuve aquella noche encomendándome a Dios y haciendo examen de mi vida, por qué podían haberme preso con tanto cuidado y cédula del rey.
No podía saber qué fuese, porque hacía mil juicios. Otro día rogué me llamasen al Corregidor; vino y preguntéle me dijese si sabía la causa de mi prisión. Respondióme que creía era tocante a los moriscos, con lo cual imaginé si era por las armas que topé en Hornachos, que luego se me vino a la memoria y dije «Si es por las armas que topé en Hornachos ¿para qué me prendían con tanta cautela?, que preguntándomelo, lo diría». El Corregidor se espantó y llamó al punto al tal Llerena y se lo dijo, de que daba saltos de contento y mandó que me quitasen las prisiones de las manos que me atormentaban.
Dábanme de comer con regalo y, como estaba enseñado a comer yerbas, me hinché luego que pensaron me moría y pensaron era veneno. Llamaron los médicos, curáronme y luego conocieron lo que era, que fue fácil de sanar. Caminamos a Madrid y en el camino fui regalado, pero con mis prisiones y doce hombres de guarda con escopetas. Llegamos a Madrid y me llevaron a apear a la calle de las Fuentes, en casa del alcalde Madera, que había venido de Hornachos.
Apeado, mandóme quitar las prisiones y me metió en una sala, donde quedamos solos, y comenzándome con amor a preguntar la causa de haberme retirado, le dije lo que ya tengo escrito atrás. Pasó adelante y díjome si había estado en Hornachos alguna vez. Respondíle «Señor, si es por las armas que topé en un silo allí, pasando con mi compañía habrá cinco años, no se canse vuesamerced que, yo se lo diré cómo pasó». Levantóse y abrazóme, diciendo que yo era ángel, que no era hombre, pues había querido Dios guardarme para luz del mal intento que tenían los moriscos, y comencé a contárselo como está dicho. Mandó que me llevasen en casa de un Alguacil de Corte que se llamaba Alonso Ronquillo, con seis guardas de vista pero sin prisiones con orden me regalasen y que a la comida y cena estuviese un médico a la mesa, el cual no me dejaba comer ni beber a mi gusto, sino al suyo; por lo cual veo que come mejor un oficial que un gran señor. Pasóse cuatro días que no me dejaron escribir ni enviar recado a nadie de mis conocidos y madre. Y al cabo de ellos vino el mismo Alcalde con un Secretario del Crimen, que se llamaba Juan de Piña, y me tomó la confesión de verbo a verbo, en la cual no quiso que me llamase fray Alonso de la Madre de Dios, sino el sargento mayor Alonso de Contreras y así me hizo firmar.
De allí a quince días, que ya yo comunicaba con mi madre y amigos, aunque siempre con guardas de vista, pero no con médico a la mesa, llegó una noche el alguacil Ronquillo, a medianoche, vestido de camino y con pistolas en la cinta, con otros seis de la misma manera, y entró en el aposento y dijo «Ah, señor sargento mayor, vístase vuesamerced que tenemos que hacer». Yo, como le vi de aquella manera, dije «¿Qué, señor?». «Que se vista, que tenemos que hacer.» Yo tenía poco que vestir más que echarme encima un saco; y hécholo, le dije «¿Dónde va vuesamerced?». Respondió «A lo que ordena el Consejo». Entonces yo respondí «Pues sírvase vuesamerced de enviar a llamar a San Ginés quien me confiese, que no he de salir de aquí menos que confesado». Entonces tornó y dijo «Es tarde. Vamos, que no es menester». Y por el mismo caso más temí lo que tenía en mi imaginación; que era el llevarme a dar algún garrote fuera del lugar. "



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