Macho viejo (fragmento)Hernán Lara Zavala

Macho viejo (fragmento)

"No mucho después, Macho Viejo volvió a las grutas marinas de Cerro Marinero. Llevaba unos ojotones en una pequeña red para obsequiárselos a su amigo el pargo. Llegó hasta la cueva en su pequeña lancha, se zambulló y penetró en la gran cavidad iluminada. Después de algunos intentos dio con el pez, tranquilo, como si estuviera a la espera del buzo que le llevaba algo en las manos y que, sin embargo, prefirió permanecer quieto y a distancia. Intercambiaron miradas. Macho Viejo soltó uno de los ojotones, pero el pargo, cauto, ni se acercó, dejando que el pececillo rondara por la cueva. Le soltó otro sin que reaccionara, así que decidió liberar a los otros dos y retirarse para ver si así se animaba a comérselos. Tan pronto se dirigió a la salida, el pargo se abalanzó sobre los cuatro ojotones que, confiados, nadaban por la cueva, y los fue devorando, uno por uno.
A partir de entonces, cada vez que Macho Viejo tenía tiempo se metía a la gruta con comida. Aprendió a satisfacer los gustos definidos y el apetito voraz de su amigo, que se deleitaba con peces y moluscos. Decidió llamarlo «Isaías». Hombre y pez se fueron acercando más y más hasta que Isaías empezó a comer de la propia mano de Macho Viejo, que se esforzaba por surtirlo de langostinos, jaibas, langostas y todo tipo de pequeños peces. La mirada del pargo había cambiado y Macho Viejo creyó descubrir en sus ojos un tenue reflejo de gratitud. Así transcurrieron varios meses en los que Macho Viejo se entretenía, durante las tardes en las que le era posible, llevándole de comer, salvo cuando tenía alguna emergencia médica, había norte o el mar estaba muy picado. Pero hombre y pez habían desarrollado un raro y mutuo entendimiento gracias a la admiración que había despertado en Macho Viejo el increíble combate que se libró durante muchos minutos con Jonás hasta que Isaías logró reventarle la línea, quedándose con el anzuelo clavado en el cogote.
Ricardo había pasado la prueba a la que lo sometió el padre de Rosa, y a partir de la fiesta de cumpleaños de la madre se le permitió frecuentar la finca en calidad de amigo una o, a lo más, dos veces por semana. Su visita era muy formal, pues la finca estaba a una hora de donde él vivía. Montado en Trueno llegaba cerca de las cinco de la tarde y se retiraba tan pronto los señores se aparecían por el comedor a la hora de la cena, poco antes de las ocho.
Ricardo y Rosa se sentaban en la sala, en un rinconcito en el que había un pequeño sofá y una mesa de centro, ligeramente oculto de la sala principal y de la servidumbre, que tenía la consigna de andar merodeando por ahí. A un lado del sofá donde se sentaban había un ventanal que daba al jardín de la casa. Mauro hacía sus rondines cotidianos tan pronto oscurecía y, linterna en mano, con un perro pastor alemán atado a una correa y un rifle a la espalda, vigilaba los alrededores del casco de la finca. Gracias a esas visitas Ricardo y Rosa tuvieron la oportunidad de conocerse mejor, de conversar, reírse y contarse sus cuitas. Poco a poco él se atrevió a cogerle la mano y le hablaba bonito; sus escarceos avanzaron hasta que después del primer beso vino otro y otro y muchos más, abrazados pero siempre cuidándose de que no los fuera a ver Mauro cuando pasaba cerca de la ventana en sus recorridos. La gran paradoja era que antes, cuando se veían en el campo, era casi un milagro quedarse a solas y no podían tocarse ni la mano, pues el ojo avizor de Mauro estaba siempre al acecho. En la casa, sin embargo, los dejaban solos un par de horas sin que nadie los interrumpiera, salvo cuando traían café y galletas o algún bocadillo. Pero eso sí, cuando se acercaba la gente del servicio siempre silbaba o hacía un discreto carraspeo para ponerlos sobre aviso. Así se hicieron novios sin que los padres de Rosa se enteraran. "



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