Los días contados (fragmento)Miklós Bánffy

Los días contados (fragmento)

"En el viejo simón iba sentado un joven, recostado cómodamente. Era Bálint Abády, un hombre delgado, de estatura mediana. Llevaba un guardapolvo de seda largo, abrochado hasta la barbilla. Se había quitado el sombrero, un sombrero de fieltro de ala ancha que se había puesto de moda tras la guerra de los bóers. Los rayos del sol le daban un brillo bermejo a su cabello ondulado, rubio oscuro.
A pesar del color de su pelo y de sus ojos claros, tenía los rasgos propios de un oriental. Tenía la frente fuerte, algo inclinada hacia atrás, los pómulos muy marcados y los ojos achinados.
No venía de las carreras sino de la estación de tren, e iba a Vársiklód, a casa de Jeno Laczók, donde habría una gran fiesta con baile después de la competición.
Había llegado desde Dénestornya a las tres. Había viajado en tren, aunque su madre le había ofrecido una carroza; el joven había notado por su tono de voz que, si bien se la había ofrecido con cariño, no le gustaba que viajara con sus amados caballos, tan queridos que habían sido criados en la vieja y famosa yeguada, como si fueran sus hijos. Abády sabía cuánto le preocupaba a su madre que sus animales pudieran agotarse, resfriarse o sufrir en desconocidos establos la maldad de otros caballos. Por eso, conociendo la verdadera voluntad de su madre, le dijo que prefería coger el tren vespertino, pues sería demasiado ir de un tirón desde Dénestornya hasta el prado de San Jorge —donde se celebraba la competición—, unos cincuenta kilómetros más allá de Marosvásárhely, y volver después a la ciudad para ir a casa de los Laczók —diez o quince kilómetros más— teniendo que desenganchar los caballos y darles pienso en alguna posada; por ello pensó que no merecía la pena, y que haría mejor cogiendo el tren de la tarde. Así llegaría temprano y coincidiría con los políticos, a los que quería conocer y consultar unas cuantas cosas.
—Bueno, hijo, si así lo prefieres —dijo la madre aliviada cuando rechazó su oferta—, pero ya sabes que te los ofrezco con gusto.
Ahora iba en un simón que se dirigía lentamente hacia Vársiklód entre tintineos. En realidad era agradable avanzar despacio por el camino real, largo y desierto, y ver cómo se levantaba el polvo y flotaba tras el carruaje como un velo, sentirlo volar indeciso sobre los prados ya segados donde las vacas rumiaban entre los rebrotes y miraban embobadas el traqueteo del coche. Era bonito avanzar silenciosamente, disfrutar de la sensación de que después de tantos años volvía a estar en casa, en Transilvania, y acercarse poco a poco al lugar donde se reunirían sus viejos conocidos. "



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