Contigo en la distancia (fragmento)Eduardo Liendo

Contigo en la distancia (fragmento)

"No me desquicia ya la enloquecida terquedad del chófer de la gorra roja y los lentes ahumados, pero me confunde y divierte este constante descoyuntamiento del tiempo que hace, por ejemplo, que sea simultáneamente un niño curioso y creativo y un viejo olvidadizo y fatigado. Lo cual puede representar una absurda carambola dialéctica. Mejor aún, una versión extraordinaria del doble. A mi lado y sin que yo advirtiera el momento en que lo hizo se ha sentado mi abuela Gregoria. Eso me causa una enorme alegría y sorpresa. ¿Cómo es que estás aquí, abuela? Ella sonríe, a pesar de su edad conserva su puente de dientes muy blancos, lo conozco porque una vez lo olvidó en el fregadero y le dio mucha vergüenza. Perdí mi boca, perdí mi boca, decía consternada. Me besa en la frente. La última vez que la vi estaba acostada muy seria dentro del cajón. Yo fui entonces quien besó su frente fría y me enfrenté con sus ojos cerrados que eran casi como un reclamo por mi comportamiento. La verdad, abuela, estoy todavía muy avergonzado de haber llegado un poco tarde, casi te entierran sin yo verte, y por causa de estar jugando beisbol con los muchachos de la cuadra cuando tú me estabas esperando. Veo por la ventanilla ese triste momento para mí. Te beso y te pido perdón en silencio, tengo diez años y es la primera vez que contemplo la cara de la Parca precisamente en tu amado rostro. Querida abuela. Yo, el más tremendo de tus nietos, el más levantisco, soy quizás el que tú más amas. Cuando me amenazas con sacudirme con la escoba, yo empuño el haragán y te digo ¡En guardia, abuela! Nos vamos a batir como fieros piratas, esta vez sí nos vamos a matar, y entonces tú pasas rápidamente de la indignación a la risa. Tú esperándome con la merienda después del regreso de la escuela. Tú protegiéndome con tus rezos. Tú casi siempre en silencio como un ánima viva. Y ahora, de pronto, te apareces aquí y te sientas a mi lado en este puesto del Circunvalación N° 13, seguramente preocupada porque me vine sin permiso. No te ves mal, abuela, tienes la misma mirada dulce de ojos claros que tenías antes de que te mostraran en el cajón con los ojos cerrados, a disgusto, por supuesto, con pena por estarte exhibiendo. Tú que siempre has sido tan discreta, tan humilde, tan servicial y al mismo tiempo tan distante como si no estuvieras en el mundo. Tú que tienes el envidiable secreto de la invisibilidad. Ahora que ha transcurrido el tiempo, si es que el tiempo pasa, si no es acaso solo una ilusión más de un gran ilusionista. Veo por la ventanilla una página de uno de los libros raros de la Isla de las Pasiones Literarias. Es un libro muy grueso, de los más difíciles de ocultar si llegaran de pronto los guardias mercenarios. Se titula Memorias de ultratumba. El viento agita sus páginas y puedo leer desde aquí esa en la que ha quedado abierto: «Nuestra vida entera transcurre dando vueltas a nuestra tumba; nuestras distintas enfermedades son soplos de viento que nos acercan más o menos al puerto. El primer difunto que vi era un canónigo de Saint-Malo; yacía inerte sobre su cama, con el rostro descompuesto por las últimas convulsiones. La muerte es hermosa, es nuestra amiga. No obstante, no la reconocemos, porque se nos presenta enmascarada, y su máscara nos espanta». La página la firma François-René de Chateaubriand. Pero el rostro de la abuela Gregoria, aun metida en esa caja de madera, no es temible sino grave, bondadoso y tranquilo. Como una garza azulada flotando en una bañera de espuma. Ahora me toma del brazo y sonríe. Y me dice: No te preocupes tanto, Elmercito, ya no tengo asma, ya no padezco, ya estoy tranquila. Viaja feliz, aunque maneje ese chofer atolondrado. Es buen chofer, solo un poco cínico para no aburrirse. No te acusaré, no les diré que andas desde ahora por tu cuenta, pero si hay alguna posibilidad sé que irás puntual a la cita. La beso en la mejilla y se esfuma como si solamente la hubiera soñado. Chao, abuela. Chao, mi alma. "


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