Memorias de un ministro de Alfonso XIII (fragmento)Niceto Alcalá-Zamora

Memorias de un ministro de Alfonso XIII (fragmento)

"Al regresar de mi viaje a la zona hullera y fabril del norte, comenzaron mis días buenos de ministerio. La intensa y desvelada labor de tres meses empezaba a dar resultados de intensificación y desarrollo en el tráfico, contra cuya publicación incontestable y gráfica se estrellaba todo ataque. Faltaba no ya razón, sino pretexto para éstos y en mi resistencia victoriosa se había agotado la fuerza para perseguirlos.
No tuve necesidad ni medios de buscar buena prensa. Fue menos mala y enconada la que combatía. En mi lucha con ella me había servido de datos oficiales y notas oficiosas sin acudir a la redacción de El Día, mi antigua casa de temporada. Ellos deseaban, y yo lo sabía, recobrar una independencia en cuyo uso y abuso hundieron rápidamente el periódico. Yo por mi parte prefería también, aunque ellos no lo creyesen, devolverles aquella libertad, cuyo tema e indirecta brida me había costado grandes disgustos llevaderos tan sólo por la necesidad de poseer una tribuna desde donde suplir el cierre de la parlamentaria, para defender la neutralidad. Ahora para tal defensa poseía una llave de sus puertas y no me inquietaba.
El presidente había ido evolucionando hacia un aprecio cada vez mayor de mi colaboración leal. Su creciente y visible estima era en el fondo egoísta, pero en la forma afectuosa. Incluso tomó espontáneamente y sin decírmelo iniciativas para cortar en algunos periódicos la campaña de injustos y vagos ataques en que, proclamándose siempre mi rectitud, se me atacaba por la ineficacia de mi gestión. En la del presidente cerca de alguno de esos periódicos ocurrió algo gracioso reproductivo de la lealtad en los afines: el director hubo de expresar asombrado que la campaña de ataque se la habían alentado y aun encargado los íntimos del propio García Prieto que daba la orden de cesar el juego.
En su nueva fase el presidente me rogó que ni por unas horas me ausentase de Madrid, porque no quería asistir a ningún Consejo de Ministros estando yo ausente. Este recelo de Alhucemas hacia las reuniones ministeriales obedecía sobre todo a la iniciación de una ofensiva ciervista, resuelta desde que el ministro de la Guerra había formado su concierto con las Juntas de Defensa en el proyecto que aún no conocíamos sobre reformas militares. Cierva, único enterado de esta obra aunque no del todo, porque su voluntad no fue la que en ella se impuso, sino la que cedió, su pluma la que menos colaborase y su íntimo pensamiento el más lejano de inspiración, comprendía sin embargo que aquel trato para él transaccional e irreformable había de chocar con grandes resistencias en el seno del gobierno. Disminuirlas antes de librar batalla en Consejo de elementos inteligentes y con base de opinión era de buena táctica y el ministro de la Guerra, que siempre conoció la política, iba enterándose de la belicosa.
Así un día, en apacible y sereno Consejo de Ministros, cuando aún no se había sometido a éste el proyecto militar, Cierva provocó sin rodeos ni motivo la salida de Rodés y Ventosa, los dos ministros regionalistas.156 Buscó asidero en la contingencia de una huelga de servicios de Correos y Telégrafos ante cuyo grave evento el gobierno necesitaba la cohesión no amenazada por divergencias de criterio en un problema importante, lo cual imponía la marcha de sus dos queridos compañeros, los regionalistas, aunque esto le ocasionara a él gran pena. Fue inútil que Rodés y Ventosa, aun proclamando que su ideario regionalista les llevaría a la oposición, anunciada desde que nos constituimos para después de las elecciones, alegaron que precisamente por amenazar un grave problema de orden público, ante el cual y sin contención coincidíamos todos, no podían desertar sin haberlo dominado. Iba Cierva resuelto a expulsarlos y, anulando al presidente, insistió en la absoluta necesidad de eliminar antes de la huelga a los regionalistas, cuya salida provocó y precipitó, llegando en el lindero de la cortesía al ademán material de levantarse y acompañarles hasta la puerta. ¡¡Con qué amargura contábame Ventosa, luego, que cuando él, asombrado de aquella insistente audacia, despedíase de Cierva, autor del desahucio, si no del lanzamiento, aquél con reposada melancolía manifestábale que no pasaría nada más en el gobierno, porque como acababa de ver él a D. Juan, estaba ya curado de ambiciones y de pasiones!! "



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