Mr. Witt en el Cantón (fragmento)Ramón J. Sender

Mr. Witt en el Cantón (fragmento)

"Le habló de la esplendida información que su compañero el corresponsal de París había enviado sobre la Comuna. El espíritu de emulación profesional se despertó en el periodista y poco a poco fue confiándose. Al final salía con la impresión de que la revolución española era complejísima. Necesitaría un año por lo menos para llegar a conocerla bien. Pidió a Mister Witt que le escribiera sus impresiones, y el ingeniero le hizo comprender que su situación social le impedía intervenir en aquello. Lo envió otra vez al cónsul, quien estaba informado “como el que más”. Y al mismo tiempo Mister Witt se proponía para sus adentros invitar al cónsul a cenar con él a menudo. Quería controlar la información del Times, indirectamente, si le era posible.
En el vestíbulo Mister Witt recordó que debía presentar a Milagritos. La costumbre española de separar a la mujer de los negocios de los hombres le hacía olvidar a veces aquellas fórmulas de su país. Fue a llamarla y la encontró escuchando a la vuelta del pasillo. Milagritos se inquietaba pensando qué podría ocurrir en aquella conferencia tan larga. La presentó al reportero que la besó la mano. Mister Witt vio a Milagritos comprobar de una rápida ojeada la fortaleza física del extranjero, dominar de una sola mirada todo el panorama físico del hombre. Era un hábito de los instintos en el que no había impudicia, sino quizá un atavismo. El mismo atavismo —muy atenuado— que lleva a algunos hombres a resolver con el robo o el homicidio sus dificultades sociales. Pero sonreía con una finura exquisita. Mister Witt también sonreía. El periodista no sonreía menos. La expresión que estaba más por encima de esas sonrisas de vestíbulo era la de Milagritos. A veces encontraba Mister Witt a su mujer rasgos de una distinción inesperada. Aquella actitud no hubiera podido aprenderla en ninguno de los colegios de la aristocracia inglesa. Y Milagritos la había aprendido en la calle. El periodista se inclinó por última vez, y Mister Witt vio en la sonrisa de su mujer cómo se acusaba la barbilla de jaspe y asomaban los dientes apretados con una expresión sensual. “Es la primavera”. "



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