El pisito (fragmento)Rafael Azcona

El pisito (fragmento)

"Pero durante la noche doña Martina cambió de manera de pensar. Se había puesto a bañarse la pierna, recordando todavía la bochornosa escena, y había hablado de la cuestión con Teodoro. Recorriendo los distintos puntos del asunto, los había sometido a cuidadoso análisis, enfocándolos desde otros puntos de vista. Y la proposición había ido cambiando de aspecto. Porque, le decía doña Martina a Teodoro, ¿acaso no sería una buena acción facilitarles el matrimonio a aquellos muchachos? Claro que lo era: una estupenda acción. Petrita, la novia de don Rodolfo, lo había dicho bien claro: «Si Rodolfo no llega a ser su viudo, nosotros no podremos casarnos nunca, porque nunca tendremos un hogar». ¡Pobrecillos! Se los imaginó buscando piso a lo largo de aquel domingo, sin encontrar nada, desesperados, perdidos. Sí, sí; podía ser una excelente acción, que bien le vendría tener en su cuenta a la hora de rendirlas al Todopoderoso. Además, ¿a ella qué le costaba acceder? Hacía mucho tiempo ya que había dejado de pensar en tonterías, pero recordaba lo que había llorado entre los treinta y los cuarenta años por no encontrar a nadie dispuesto a hacer lo que ahora pretendía llevar a cabo don Rodolfo. Y don Rodolfo no hubiera sido entonces un mal partido: con su empleo en una oficina, porque era un empleado y no un pelafustán, y su presencia… Sí; don Rodolfo era un guapo mozo y un caballero. Otra cosa hubiera sido de tratarse de don Dimas, naturalmente. Y, aparte de esto, que no era lo que tenía más importancia, estaba lo otro, lo que significaría en su haber un sacrificio así. Dios se lo tendría en cuenta, no había duda. ¡Menuda rabia les iba a dar a doña Consolación y a doña Candelas! Ellas podían ganarle muchas veces a correr, pero a buena… ¡Ya quisieran, ya! Y también había que pensar en que no le estorbaba un hombre; al fin y al cabo, si se casaba con don Rodolfo, don Rodolfo sería su marido y estaría obligado a velar por ella, a cuidarla, a ayudarle a sobrellevar sus últimos sufrimientos. Porque ¿quién le garantizaba que no se iba a quedar nunca paralítica? Nadie. Sí; podía quedar baldada de un paralís… Y si se casaba, don Rodolfo, bueno, Rodolfo, tendría que llevarla de paseo en una silla de ruedas. Tenía que pensarlo bien, desde luego; el asunto no era como para desdeñarlo, pues a la vista estaba que sólo podía acarrearle ventajas.
Se acostó de buen humor, saboreando sus propios pensamientos. Y, ya en la cama, sintiendo sobre sus piernas el leve y cálido peso de Teodoro, pasó de pensar a imaginar, a soñar lo que podía ser su vida de casada… ¿Qué haría Rodolfo? ¿Le entregaría su sueldo o preferiría seguir pagándole la pensión? No; esto no podía ser. Tendría que entregarle el sueldo, y ella se lo administraría. Al fin y al cabo, a su muerte, el dinero iba a volver a él o se iba a quedar empleado en muebles y cosas así. Tendrían que despedir a don Dimas, claro; ya casada, con la ayuda del sueldo de Rodolfo, ¿para qué iba a aguantar a aquel desagradable sujeto, que le tenía la casa llena de porquerías? Los domingos saldrían juntos a dar un paseo… ¿O no? A lo mejor, Rodolfo quería salir con su novia… No, no saldría con ella; Rodolfo era bueno y podía esperar a que ella se fuera al cielo para volver con Petrita. Claro que sí; además, ni a él se le ocurriría dudar. ¿Cómo iba a dudar en una cosa así? Evidentemente, aquel matrimonio no parecía ser una tontería, ni mucho menos una locura. Seguro que la gente, que era tan mala, hablaría de ellos; pero ¿qué importaba la gente? Si ella se quedaba paralítica, ¿iba la gente a empujar su silla? No, naturalmente que no. "



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