La gente del abismo (fragmento)Jack London

La gente del abismo (fragmento)

"Y en estos tiempos, quinientos pares hereditarios poseen la quinta parte de Inglaterra; y ellos, así como los oficiales y servidores del rey, y aquellos que forman parte del poder establecido, gastan anualmente en lujos inútiles 1.850.000.000 dólares, o 370.000.000 de libras, lo que representa el treinta y dos por ciento de la riqueza total producida por los trabajadores del país.
En la Abadía, vestido con maravillosos ropajes de oro, en medio del sonido de las trompetas y la música y rodeado por una brillante multitud de dignatarios, lores y gobernantes, el rey era investido con los símbolos de su realeza. Las espuelas le fueron ceñidas a los talones por el Lord Gran Chambelán, y la espada de su majestad, en una funda púrpura, le fue ofrecida por el Arzobispo de Canterbury con estas palabras:
Recibid esta espada real traída del altar de Dios y entregada a vos por las manos indignas de obispos y servidores de Dios.
Y tras serle ceñida, escuchó la exhortación del Arzobispo:
Con esta espada haced justicia, detened la iniquidad, proteged la Santa Iglesia de Dios, auxiliad y defended a viudas y huérfanos, restituid las cosas que han decaído, conservad las cosas restituidas, castigad y reformad lo que está mal, y confirmad lo que está bien.
¡Pero escuchad! Hay vítores en Whitehall; la multitud se mueve, la doble hilera de soldados se pone firmes, y aparecen los barqueros del rey con fantásticas vestimentas medievales de color rojo, como la vanguardia de un desfile circense. Luego una carroza real, llena de damas y caballeros de palacio acompañados de lacayos y cocheros magníficamente ataviados. Más carruajes, lores, chambelanes y damas de la corte… todos lacayos. Luego los guerreros, la escolta del rey, generales bronceados y endurecidos, llegados a Londres de todos los rincones de la tierra, oficiales de cuerpos de voluntarios, de la milicia y de tropas regulares; Spens y Plumer, Broadwood y Cooper que liberaron Ookiep, Mathias de Dargay, Dixon de Vlakfontein; el general Gaselee y el almirante Seymour de China; Kitchener de Kartum; lord Roberts de la India y de todo el mundo… los hombres de guerra de Inglaterra, maestros de la destrucción, ingenieros de la muerte. Una raza de hombres que nada tiene en común con la que está en los talleres y los suburbios, una raza de hombres totalmente distinta.
Pero ahí vienen, con toda la pompa y seguridad de su poder, y siguen viniendo, estos hombres de acero, estos señores de la guerra que han puesto bridas al mundo. Mezclados, pares y comunes, príncipes y maharajás, caballerizos del rey y alabarderos de la Guardia. Y llegan los coloniales, hombres ágiles y osados; y están todas las razas del mundo: soldados de Canadá, Australia, Nueva Zelanda; las Bermudas, Borneo, Fiji y Costa de Oro, de Rhodesia, Colonia del Cabo, Natal, Sierra Leona y Gambia, Nigeria y Uganda, de Ceylán, Chipre, Hong Kong, Jamaica y Wei-Hai-Wei, de Lagos, Malta, Santa Lucía, Singapur, Trinidad. Y los hombres sometidos de la India, jinetes atezados, maestros con la espada, feroces y bárbaros, resplandecientes con sus ropas escarlata y carmesí, sijs, rajputs, birmanos, provincia por provincia, casta por casta.
Y ahora la Guardia Montada, una visión de hermosos caballos color crema, una panoplia dorada, un huracán de vítores, el tronar de la música: «¡El Rey! ¡El Rey! ¡Dios salve al Rey!» Todos se han vuelto locos. El contagio me arrastra… también quiero gritar «¡El Rey! ¡Dios salve al Rey!» Hombres harapientos, con lágrimas en los ojos, agitan sus sombreros y gritan extasiados: «¡Dios le bendiga! ¡Dios le bendiga! ¡Dios le bendiga!» Y ahí llega, en esa suntuosa carroza dorada, la gran corona relampagueando en su cabeza, con la dama de blanco que le acompaña también coronada.
Hago esfuerzos para serenarme y convencerme a mí mismo de que todo esto es real y auténtico, no una visión del país de las hadas. No lo consigo, y es mejor así. Prefiero creer que toda esta pompa, vanidad, ostentación e incalificable necedad viene del país de las hadas, antes que aceptar que es el comportamiento de gente cuerda y sensata que ha dominado la materia y desvelado los secretos de las estrellas.
Príncipes y sus descendientes, duques, duquesas y toda clase de personas coronadas pasan ante nosotros; más guerreros, lacayos, gentes sometidas, y el espectáculo ha terminado. Salgo de la plaza con la multitud y me encuentro en un laberinto de calles estrechas donde las tabernas son un clamor de borrachos, hombres, mujeres y niños mezclados en un colosal libertinaje. "



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