Forasteros (fragmento)Sergi Belbel

Forasteros (fragmento)

"PADRE: Pero, ¿sabes por qué lo has hecho? Por el “qué dirán”. Como siempre. Para que todos te alaben diciéndote que eres un hijo modélico, a pesar de ser… como eres. Sólo lo has hecho para tenerme contento y para que no me metiera en tus asuntos ni en tu vida de… de… cobarde. ¡DE COBARDE! (Pausa.) No porque realmente te saliera de dentro.
HIJO: Basta.
PADRE: Te ruego por lo que más quieras que no me saques de esta habitación. Son demasiados recuerdos, hijo, demasiadas cosas vividas entre estas cuatro paredes, tienes que entenderlo.
HIJO: ¡Dormirás en la habitación del fondo del pasillo y se acabó! Y como me toques más las pelotas, vendo el piso y os pongo de patitas en la calle a ti y a tu mujercita, a ver cómo os las apañáis sin mí.
PADRE: ¿Quéeee? Tú eres incapaz de hacer algo así. (Pausa.) Eres demasiado pusilánime. Te falta valor. Sólo de pensar lo que dirían tus amigotes y tus compañeros de trabajo al saber que dejas a tu padre tirado en la calle, se te cae la cara de vergüenza. ¡Porque… muy buena persona y muy sensible y muy liberal y muy… como quieras llamarle, y en el fondo eres un hipócrita y un egoísta y un orgulloso y un vanidoso y un amargado que se está haciendo viejo y no es capaz de afrontar cara a cara un problema, como si todavía estuviera pegado a las faldas de su mamaíta!
HIJO (Reaccionando violentamente): ¡¡¿A qué viene eso?!! ¿¡¡Eh!!?
PADRE (Se asusta y dice en tono distendido, casi cómico): ¿Eh? ¿A qué viene… el qué? (Pausa.) ¿Por qué me miras así? ¿Qué pasa? (Pausa.) ¿He dicho algo malo?.
Se oye música en el piso de arriba.
PADRE: ¡Forasteros!
HIJO: Lo que nos faltaba.
PADRE: Vinieron puercos del monte y nos echaron de la corte.
HIJO: ¿Eh?
PADRE: Y no sólo me refiero a esos extranjeros de mierda que nos están robando las pocas cosas auténticas que todavía nos quedan. Ya me entiendes.
HIJO: Ella no es una extranjera. Te guste o no, es tu hija.
PADRE: Que se largó hace ya casi cuarenta años con uno de ésos, renegando de su familia, de su tierra, de su lengua y de su sangre. Eso no es una hija. Todavía es peor que uno de esos inmigrantes que, ya ves, se han instalado aquí pero siguen haciendo su vida, idéntica a la de allí, escuchando la misma música endiablada, comiendo las mismas porquerías, comprando en las mismas tenduchas, unos locales horribles, oscuros y sucios, a los que yo no entiendo cómo el ayuntamiento les dan licencia, vistiendo de la misma manera, oliendo igual y hablando la misma lengua. ¡Si hasta tienen sitios sagrados para sus rezos a tres o cuatro calles de aquí! Mientras que ella… ¡ni una llamada, ni una postal, ni una triste visita en cuarenta años…! No me cabe en la cabeza que no haya sentido jamás ni siquiera una pizca, sólo una pizca de añoranza por su casa, su familia… Ni cuando nacieron sus cuatro hijos se dignó venir. ¡Y se presenta ahora sin avisar con la excusa de que se está muriendo! ¿Y tú te lo crees, imbécil? ¡Lo que le ocurre es que su marido la ha dejado tirada y no le pasa la pensión y como no tiene un duro, pretende vivir el resto de su vida a costa de nuestro dinero! (Pausa.) Bueno, del tuyo.
HIJO: No sabes lo que dices. (El hijo acaba de meter toda la ropa en la maleta y la cierra.) Se acabó. Toda la ropa dentro. Venga, fuera de aquí. Llevaré la maleta a la otra habitación. "



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