Cerco de penumbras (fragmento)Óscar Cerruto

Cerco de penumbras (fragmento)

"Adriana cerró el libro que había estado leyendo y quiso dejarlo entre el vaso y la lámpara, en la mesa de noche: calculó mal sus movimientos y el vaso se estrelló, con estrépito, en la alfombra. El hombre dormido se agitó ligeramente, sin despertar; sus labios se recogieron como para decir algo en el sueño y mostraron una dentadura pareja, blanca, a cuya vista Adriana, sin saber por qué, sintió que su sangre se sublevaba en un rencor ingobernable. Tiró con fuerza de las cobijas y le volvió la espalda, removiéndose en el lecho hasta hacer crujir los muelles. La respiración del hombre subió a su lado, profunda, pesada de sueño.
El agua se había extendido en una gran mancha sobre el suelo, y los trocitos de cristal brillaban como diamantes. Era el agua destinada a despertar, por la mañana, a Octavio, su marido. De ordinario, Salas, el administrador del fundo, llamaba a la puerta a las seis; esa mañana vendría a las cuatro para salir con Octavio y algunos peones a explorar las alturas donde se formaba la "mazamorra", recelosos de una avalancha de lodo, pues las lluvias no habían parado de caer desde hacía dos semanas. La única forma de despertar a Octavio, en esos casos, era volcándole agua en la cara.
Saltó Adriana del lecho; luego de calzarse unas zapatillas, apartó con el pie los fragmentos de cristal diseminados en el piso y se encaminó a la ventana. Afuera seguía cayendo el agua sobre la extensión adivinada de la noche. Todo era sombra ruidosa y mojada, pero no hacía frío. La hacienda de los Arróspide se hallaba enclavada en medio de un anfiteatro de montañas que la protegían de los vientos de la cordillera, procurándole un clima templado, propicio para el cultivo de viñedos y frutales. Las tierras laborables, con los edificios de la hacienda y los lagares, formaban una playa de verdura, junto al lecho pedregoso, casi siempre con un hilo avaro de agua turbia, en el abrupto paisaje. Octavio se había empeñado en construir la casa que habitaban, en un estilo de cabaña californiana de blancos muros encalados, pero en piedra, sólidos como sillares del coloniaje. Estaba rodeada por un jardín cruzado de caminos de grava roja. Junto a la entrada principal, sobre el porche, se recostaba una profusa buganvilla, con flores de un vivo de fuego, que ardían al sol como una llamarada. Las fucsias, las rosas amarillas, los tacones, las adelfas, el heliotropo y los claveles de los arriates, conocían el cuidado amoroso de las manos de Adriana. Daban el único perfume de su destierro.
Apoyó la frente en el vidrio de la ventana. El río, cargado por las lluvias, arrastraba pedrones con un ruido ronco, sombrío. En las viviendas de los peones, acurrucadas contra la ladera mineral de la montaña, al fondo de la garganta, se veían correr algunas luces, como ojos de onza brillando en la oscuridad. Probablemente, colonos alarmados que bajaban hasta la orilla del río para interrogarlo, temerosos de la "mazamorra", el zarpazo de lodo acumulado por las aguas en alguna cuenca lejana, entre las altas cumbres, y que al vaciarse en la quebrada había borrado en otras ocasiones, de un solo golpe funesto, vidas y obras de laboriosos años.
¿Tan asustados estaban? Asustados, como siempre. Sonrió con desprecio. Si Octavio no estuviese dormido, pensó, lo vería correr fuera de la casa, para hacer otro tanto. Todo en él era realismo y previsión, y se jactaba de ser previsor y realista. Ella lo veía hacer, con mirada prescindente; lo veía poner toda su presuntuosa energía al servicio de su afán de adelantarse a los hechos, de vencerlos de antemano. Y pensaba en lo aburrida que es una existencia incurablemente cuerda. "



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