La casa de la muerte (fragmento)Karl May

La casa de la muerte (fragmento)

"La cena vino a interrumpirnos por breve rato. Una vez terminada, Pappermann sacó uno de los cigarros que había traído de Trinidad, y los dos Enters prepararon sus cortas pipas, no sin haber consultado con la mirada a «Corazoncito», que con un gesto les concedió el solicitado permiso. El «Aguilucho» no fumaba más que en las deliberaciones. En cuanto a mí, ya sabe el lector que yo fumo mucho, y aun podía decir que era el hombre más fumador de cuantos conozco. Sin embargo, hacía cinco años, «Corazoncito» me había dicho un día que no fumase tanto, pues aún me quedaban muchas cosas que contar a mis lectores y, por tanto, tenía que procurar vivir lo más posible. Al oír aquello, yo solté el cigarro que tenía en la boca y dije: «Este es el último que fumo en mi vida». De suerte que me encontraba en las mismas circunstancias que el «Aguilucho»: no fumaba más que el calumet en las deliberaciones con los indios. A pesar de todo, no desconozco el efecto estimulante que en la inteligencia produce un buen cigarro o una buena pipa, bien fumados, ni el hecho de que entre nubes de humo nuestra fantasía vuela mejor, nuestra memoria se agudiza y crece nuestra sociabilidad. Pude comprobar esta idea mía en la conducta del «Aguilucho», que se entretenía en jugar con los anillos de humo que se escapaban de los labios de Pappermann, sentado junto a él, y aspiraba con deleite el aroma de su cigarro, pareciendo adquirir con ello nuevos pensamientos y nuevos medios de expresión. Es curioso el hecho de que el indio libre nunca es fumador y a pesar de eso, o tal vez precisamente por eso, es más sensible a los efectos de la nicotina. El indio no fuma más que en los momentos importantes y solemnes. "


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