Girasol (fragmento)Gyula Krudy

Girasol (fragmento)

"El donjuán conocía el edificio lo bastante bien para orientarse por el dédalo de pasillos sinuosos y puertas que se abrían a derecha e izquierda. También sabía de la existencia de la escalera de caracol que conducía desde los aposentos de Evelin hasta el jardín. Aquélla databa de cuando los jacobinos 2 se escondían en Pest, pues el propietario de la casa en aquel entonces estaba involucrado en la conspiración. Los palacetes señoriales se alineaban a ambos lados de su calle tan majestuosos como las fotografías de una guía de viajes. La casa de Evelin, un edificio estrecho y alargado de una sola planta rematado con un tejado abuhardillado, se erguía entre las mansiones como la anciana menuda encargada de guardar la plata familiar. Un ladrón normal se habría perdido en aquella vieja casa. El intruso de medianoche necesariamente tenía que ser Kálmán.
Pero ¿qué querría? Podía haber acudido en cualquier momento a plena luz del día y formular su petición, como había hecho en tantas ocasiones, por ejemplo, cuando se arruinó jugando a las cartas o apostando en el hipódromo, y ella siempre le había ayudado, haciendo gala con él de la generosidad que se estila con un familiar. Kálmán se había presentado a horas intempestivas para pedirle dinero. En tales casos, Evelin acudía al tocador con vistas al jardín, sacaba de un arconcito de palisandro un fajo de lisos billetes tenuemente perfumados y los repasaba con aquellos dedos suyos, blancos y delicados, antes de retirar siempre el de más valor con el gesto indiferente de quien toma un pañuelo. Como era de naturaleza supersticiosa, se lo entregaba al arruinado galán sin pedirle a cambio más que un florín para que la buena fortuna no abandonara la casa.
El joven también se personaba en otras ocasiones, cada vez que las mujeres le herían, le dejaban o le engañaban. En tales momentos, la cajita de palisandro parecía contemplar con compasión desde una esquina al cabizbajo muchacho mientras ella le acariciaba la frente con los dedos níveos hasta disipar las arrugas del ceño. Ahora bien, Kálmán llevaba dos años sin aparecer. ¿Qué querría? ¿Se había entrampado otra vez? Evelin había saldado todas las deudas del joven en el momento de romper definitivamente su compromiso con el propósito de que hiciera borrón y cuenta nueva, la olvidara y empezara una nueva vida.
Ella, por su parte, compraba de ese modo un poco de tranquilidad. Permaneció sentada junto a la ventana, desde cuyo alféizar contempló cómo los primeros rayos del alba iluminaban las copas de los árboles, para luego diseminarse por la ciudad al mismo tiempo que empezaba el reparto de la leche fresca procedente de las granjas de los alrededores. Las luces del amanecer hicieron visibles unos pequeños arbustos blanqueados por la cellisca, semejantes a niños en su largo camino hacia la escuela con los gorros cubiertos de nieve, y un imponente ciprés vestido con ropas blanquinegras, cuyo aspecto recordaba al de un tahúr de vuelta al hogar.
La joven abrió la ventana… y vio las huellas de zapatos en la nieve del jardín… … que iban desapareciendo poco a poco, como los recuerdos, bajo los copos de la nevada. Evelin se llevó la mano al pecho y la apretó con fuerza en cuanto identificó las huellas del visitante nocturno con la certeza que el cazador avezado distingue el rastro del lobo entre otros rastros. Se levantó de un salto y cruzó a toda prisa el cuarto de baño y las escaleras de caracol para salir enseguida al jardín sin importarle dejar abiertas las hojas del portón. "



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