Nerón, el poeta sangriento (fragmento)Dezso Kosztolányi

Nerón, el poeta sangriento (fragmento)

"Claudio acababa de percatarse de que tenía delante a su hijo adoptivo, al joven príncipe.
Eso le agradó.
Era la única persona en el palacio a la que le podía hablar, los demás ni siquiera le hacían caso. Él, sin embargo, se compadecía del viejo, protestando con amor, porque consideraba su obstinación más noble que la burla con la que se rodeaba al viejo engañado. Claudio le contaba muchas cosas interesantes de la historia de los etruscos, sobre la que antaño había escrito un libro. Y él se complacía en escuchar sobre ese tema.
El emperador le agarró las manos y le invitó a sentarse junto a él, sobre el diván. Le alabó el cabello, que caía en abundantes rizos, su toga y sus músculos. Le palpó el brazo, de forma decente, puesto que al emperador no le gustaban los muchachos. Por lo general, no hablaba de nadie más que de él, sin pararse a pensar, pronunciando todo lo que le pasaba por la mente, y sin dejar de hacerle promesas y de levantarlo hasta las nubes.
De detrás de una cortina salió la emperatriz, que parecía estar presente en todo momento y en todas partes, y solía aparecer inesperadamente en las más diversas salas del palacio. Se detuvo delante de la cama.
Agripina era todavía una mujer bellísima, alta y blanda. Su mirada conservaba los dulces pecados de sus tormentosos años pasados. Tenía los labios atrevidos, un tanto varoniles, y el rostro pálido.
Claudio y Nerón sabían lo que significaba eso. A la emperatriz no le agradaba verlos juntos. Le había costado conseguir que Claudio renegase de su hijo Británico y adoptase a Nerón, y los tres años pasados desde entonces habían sido una lucha constante. El entorno de Británico se estaba organizando. Agripina temía que Claudio se hubiera arrepentido de su promesa y que la revocase en cualquier momento.
Le bastó un instante para calcular todo eso. ¿Qué habrían hablado aquellos dos? A su hijo lo conocía bien. Era insensible al poder, prefería dedicarse a los libros. Los labios le temblaban por la ira, lo miró con suma severidad. No fuera que echara a perder todo.
El tiempo parecía oportuno. En el palacio no había nadie. Narciso, el liberto favorito de Claudio, que siempre rondaba a su alrededor, había viajado a Sinuesa, y los fieles del partido opositor, Polibio, Felix y Posides, tampoco estaban. No valía la pena demorarse.
Se le acercó.
Claudio se levantó de un salto. Dio un paso a un lado, otro paso a otro lado, le habría gustado esconderse en algún lugar.
Nerón, que había notado su confusión, se dirigió a los escoltas que acompañaban a la emperatriz. "



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