Juan de la Rosa (fragmento)Nataniel Aguirre

Juan de la Rosa (fragmento)

"Pero ni en tal ocasión pretendía ya darme las famosas cabezadas con que concluye la escena.
Los criados me trataban, por último, con más respeto, y no por recomendación expresa de la noble señora. Mis largos ejercicios corporales en mi delicioso destierro, el terrible drama que había presenciado y mi enfermedad habían apresurado un poco mi desarrollo físico e impreso un aire de seriedad en mi semblante, que les hacía ver en mí otra persona distinta del pobre botado que entró llorando en la casa.
Lo único que no conseguí jamás, es hacerme simpático o siquiera tolerable para doña Teresa, quien me miró siempre con malos ojos y evitó en cuanto pudo dirigirme la palabra.
En vano me ofrecí heroicamente a su servicio para hacer la leyenda del día en el año cristiano; dos o tres veces propuse también, tímidamente, ocuparme de algo en sus haciendas o tomar un oficio cualquiera. Ella no sólo quería cumplir la promesa que hiciera a mi maestro, sino que parecía desesperada por librarse de mi presencia. Pero los sucesos políticos, que no tardaron en desarrollarse, volvieron a impedir mi viaje a Chuquisaca, contratado ya con un arriero.
Don Estevan Arze, el más infatigable caudillo de la naciente patria, se había refugiado después de Amiraya en las hondas quebradas que separan el valle de Cliza del Río Grande, límite sur de la provincia, en su hacienda particular de Caine. No bien se alejó Goyeneche cuando él mismo vio desde una altura inaccesible perderse en el último recodo del profundo lecho de aquel río, el último morrión de pelo de los soldados de Ramírez-, volvió a proseguir la obra de libertad a que había consagrado toda su vida. Se presentó primero en el Paredón, pueblo el más inmediato a su hacienda, y lo levantó en masa, armado de hondas y macanas, al mágico grito de: ¡viva la patria! Se vio en seguida dueño de igual modo del extenso valle de Cliza. No tardó, en fin, en presentarse a las inmediaciones de la ciudad, el 29 de octubre de 1811, como lo había hecho antes con Rivero, para el alzamiento del 14 de setiembre de 1810.
El gobernador Allende, a pesar de haber mandado construir trincheras en las esquinas, a una cuadra en torno de la plaza, no se obstinó en resistir, tanto por su carácter conciliador, cuanto porque debía ser simpático en el fondo de su pecho a la revolución, como cochabambino. Así que, cruzados apenas dos parlamentarios -creo que el de Arze fue Fray Justo-, capituló, entregando las armas, sin otra condición que la de que se permitiese a Santiestevan y sus soldados que quisiesen acompañarlo, retirarse libremente al ejército de Goyeneche; lo que se hizo con tal nobleza de parte del pueblo, que nadie ofendió ni con una palabra siquiera a dicho oficial, ni estorbó de ningún modo su marcha y la de los soldados que quisieron seguirle a Chuquisaca.
Un nuevo cabildo abierto nombró entonces Prefecto al respetable ciudadano don Mariano Antezana, y constituyó una Junta de Guerra que el mismo Prefecto debía presidir. No recuerdo haber oído ya en esta ocasión más que gritos aislados de ¡viva Fernando VII! El nombre de la patria salía por el contrario de todos los labios espontáneamente. La revolución se presentaba del modo más franco y decidido. Hasta el título exótico ya de la nueva autoridad, hasta esa palabra ciudadano con que designaba al hombre, lo decía muy claramente. "



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