En la noche no hay caminos (fragmento)Juan José Mira

En la noche no hay caminos (fragmento)

"¡Inefable Esperanza! La perdió de vista en febrero del 40, fecha por la que su unidad marchó de Murcia para incorporarse a la guarnición de Valencia. En esta última ciudad residió durante los dos años y medio siguientes, hasta que lo licenciaron.
Cuando a mediados del 42 abandonó el cuartel, las perspectivas que se abrían ante su nueva etapa civil no eran muy claras. No se amilanó. Nada tenía que perder, estaba en plena juventud y aquellos cuatro años de vida castrense le habían convertido en un individuo audaz y despreocupado.
Se vino a Barcelona en donde nadie le conocía, intuyendo, además, que la capital catalana sería campo propicio para sus andanzas. No se equivocó. Su calidad de ex combatiente le proporcionó el primer y único empleo efectivo que tuvo. Cuando menos, así aparecía sobre el papel. Se trataba de llevar la contabilidad de una fábrica de mazapán para obrar, abierta recientemente en unos bajos de la calle Mallorca, por un ex cautivo, don José Ortell. En realidad, el calificativo de fábrica le venía demasiado ancho a aquel reducido local, en donde sólo se veían unas mesas, dos máquinas de picar almendra, una mezcladora y media docena de cubos. Como es lógico, el personal guardaba sabia proporción con el volumen del negocio. Andrés solo cubría toda la plantilla de oficinas y el elemento obrero estaba integrado por dos dignos ciudadanos, uno de ellos mutilado de la pierna derecha y el otro sin merma física alguna, pero con un alma consciente que se negaba a darle al cuerpo otro trabajo que no fuese la
tranquilidad y el reposo, completándose tan eficiente y nutrido personal con Gálvez, corredor de la fábrica y esquelético personaje, cuya única desgracia consistía en no conseguir poner jamás de acuerdo a su hambre, siempre espléndida, con su precario bolsillo, circunstancia que le impelía a comerse bonitamente las muestras de mazapán cuantas veces salía por la plaza a ofrecer el artículo. Bien es verdad que el hombre sólo adoptó la heroica y nutritiva medida como supremo recurso, una vez vista y comprobada la unánime repulsa que entre el gremio de confiteros barceloneses despertaba aquel diabólico mazapán, en donde el boniato se erigía en despótico dictador desplazando casi por completo de la mezcla al azúcar y a la almendra. En resumen y dicho de un modo llano: que nadie entendía qué clase de
negocio podía ser aquél para, sin vender nada, poder permitirse el lujo de pagar religiosamente los jornales del mutilado y del contemplativo, el sueldo de Andrés y los boniatos que se comía Gálvez, quien, como trabajaba a comisión y no vendía nada, a lo último tenía que conformarse con el yantar. Andrés lo comprendió en seguida y el misterio dejó de ser tal, para convertirse en un episodio más dentro de la nueva picaresca surgida en la posguerra. La “fábrica” venía a ser la tapadera oficial que justificaba la concesión y empleo de un suculento cupo de azúcar, que Abastos suministraba a precio de tasa al avisado señor Ortell, y que éste vendía, más tarde, de estraperlo, ganándose muy saneadas pesetas. Naturalmente, el señor Ortell, entusiasmado sinceramente con el asunto, era el primer interesado en que el tinglado de la supuesta fábrica no se viniese abajo, y colmaba de atenciones a aquel personal de pega a quien pagaba puntualmente sin exigirle nada. Incluso, terminó por retirar de la circulación pública a Gálvez, asignándole una cantidad mensual que, junto con lo que el hombre seguía cobrándose en especie, casi llegó a cubrir sus necesidades. "



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