Las campanas de Einstein (fragmento)Lajos Grendel

Las campanas de Einstein (fragmento)

"Entretanto Dóra se había desvestido. Cuando aún ardía entre nosotros el flamante amor, más de una vez me animó a esposarla, pero como yo ya había estado esposado, me resistí a su deseo. Más tarde ella también reconoció que era preferible vivir amancebados, como quien dice, puesto que así podíamos conspirar sin mayores riesgos. Verla desnuda me electrizó de una forma placentera. En los albores de nuestro amor a menudo nos bañábamos juntos en la estrecha bañera estándar, nos lavábamos mutuamente el cuerpo y nos mirábamos a los ojos con devoción. Con el paso del tiempo, sin embargo, nos pareció más cómodo bañarnos por separado. Luego llegó también el día en que ambos nos acostamos en la cama común con más ganas de dormir que de hacer el amor.
Mientras Dóra se bañaba, a mí me cautivó otra visión. Esta vez se me apareció una cabra. Tenía barba larga y cuernos relucientes y por lo demás pastaba plácidamente junto a la zanja donde yacían desperdigados toda clase de alambres oxidados y jofainas rotas. Por allí se afanaba una brigada socialista. Construían un rascacielos. Por arte de magia apareció también una grúa. El operador de la grúa soltó unas palabrotas, porque la cabra le estorbaba y no se apartaba de la zanja por mucho que insistiera. Finalmente fue el capataz el que puso orden, por algo era capataz. Sujetó la cabra al gancho de la grúa y depositó en el balcón de la octava planta del edificio en construcción al animal que balaba y pataleaba aterrado. Meee, dijo la cabra, ya no me acuerdo si en eslovaco o en húngaro; habría que asarla, dijo el capataz. Yo ya estaba a punto de dormirme. Y la voz gangosa volvió a estropearme el entresueño. Esta vez ya era amenazante:
––Escúcheme, Palomo. Nosotros no bromeamos. Si ahora tampoco cumple la orden o nos traiciona, le juro que nos lo vamos a cargar.
––Si no calla ya, avisaré a la policía –repliqué.
––Avísele –dijo con sorna la voz gangosa–. Te ha llegado la hora, cabrón. Morirás como un perro.
Al cabo de un rato ocupé yo el baño y Dóra se fue a la cama. Constaté aliviado que salía del baño en camisón. Según el lenguaje de signos establecido entre nosotros, significaba que ella también deseaba dormir. Cuando deseaba otra cosa, no se ponía el camisón.
Llené la bañera y, al meterme en el agua, mi agotamiento mental poco a poco se metamorfoseó en la modorra del cansancio físico. Permanecí inmóvil en la bañera preocupado por mi salud. En los últimos días y semanas había trabajado, fumado y bebido demasiado. A mi edad ya convenía andar con cuidado. Por otro lado me sentía feliz e impaciente, porque a mi juicio estaba a punto de desmoronarse el régimen, ese horror falso hasta la médula, hipócrita, corrupto y pueril cuyo yugo los invasores rusos habían vuelto a imponernos. "



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