Con la noche a cuestas (fragmento)Manuel Ferrand

Con la noche a cuestas (fragmento)

"Le cogió simpatía al nuevo acompañante, ésta es la verdad. Se dio cuenta de que el gato le alejaría las ratas. Por allí, por todo el barrio, por la ciudad entera, había muchas ratas. Lo sabía todo el mundo, lo dijo el periódico una vez que dedicó páginas y más páginas a informar sobre el peligro de los roedores. Él mismo las había visto, gruesas y grandes, rebuscar por los rincones, corretear por las calles desiertas en cuanto avanzaba la noche. Las ratas hacen daño. Las ratas pueden hasta matar a un hombre. El periódico clamó pidiendo que el Ayuntamiento se ocupara de exterminarlas, pero el grito no lo escuchó nadie.
Tirso le temía a las ratas y noches pasadas mató una de un ladrillazo. Luego se acercó al cadáver y le entró repugnancia. Lo comentó con Castro y el sereno le contestó: «¿Y si le dijera yo que hay quien se las come?» Y le explicó que algunos campesinos venidos de otras regiones a los nuevos regadíos, comían ratas. «¿Quién le ha dicho a usté eso?», protestó Tirso con desagrado. «Yo, que lo he oído contar.» «Pues eso es un embuste.» Castro aceptó con calma: «Si usté lo dice...» «Pero ¿quién se va a comer una rata?» «Señor, hay gente para todo.» «Pero ¿usté no comprende que eso no puede ser?» Y el sereno contestó, ya amoscado, que era como terminaba siempre que empezaban a discutir: «Bueno, y a mí, ¿qué me cuenta usté? Yo le digo lo que me han dicho y nada más».
Ajeno a la música del transistor, el gato dormía todo lo profundamente que puede dormir un gato. Tenía ese aspecto de cojín en desuso, cojín de sofá que ya no existe, que cuando cae al suelo no es más que quietud de redondas cordilleras. Inflado trofeo de lo más barato del mundo, casi servía de alfombra a los pies del cazador de barrios bajos en que convertía al guarda de la obra.
Tirso arrimaba cuando le parecía la puntera del zapato al lomo del animal a modo de caricia. El gato debía de entenderlo así, porque la soportaba con benevolencia, sin mover los músculos, sin enseñar los bigotes. Por confianzudo o por viejo, allí parecía dispuesto tan sólo a disfrutar de su propio regodeo.
Aquél venía a ser el gato-gato, la representación sin artificio ni enmienda posible de la raza gatuna-callejera. Egoistón y reservado, que iba a lo suyo sin buscar afecto ni ofrecerlo, sabiéndose útil por lo de las ratas y con derecho a techumbre por lo mismo.
«Ya no estás para saltar por las azoteas.» Tirso le miraba y se iba preguntando qué será lo que sienten los gatos. «Dicen que piensan. Algo pensarán, digo yo.» Pensarán en que mejor es estar aquí dentro que ahí fuera; que es mejor comer que quedarse con hambre, que es preferible que lo reciban bien y no a patadas. Algo pensarán los gatos, sobre todo cuando les llega el celo. «Aunque éste no está para corretear detrás de una gatita. Seguro que no.» Con tal que estuviera para espantar a las ratas...
Tirso pensaba que a los gatos les pasa como a los guardas, que están para ahuyentar más que para meterse en jarana, lo mismo que los serenos. Castro lo decía cada dos por tres, que lo importante es dejar constancia. Donde hay guarda, donde hay sereno, no se acercan los ladrones. Donde hay gato ya se cuidan los ratones de no aparecer.
«Mañana le traeré algo de comer.» Convenía que no se fuera. Una de las veces que se agachó para mover el brasero, acarició al felino no con el pie, sino con la palma de la mano, recorriéndole el lomo. Y entonces el gato movió la cabeza, abrió la boca de un bostezo, se levantó y se marchó por donde había venido. Tirso se incorporó de su asiento, tendió la mano frotando el pulgar con el índice y le llamó —«Mini, mini...»— sin resultado. Media hora después, el gato volvía porque sí, porque le daba la gana, más dueño de sí, más libre que nadie. Llegó, se volvió a tumbar en el mismo sitio y se quedó dormido. "



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