Misión apostólica (fragmento)Vladímir Tendriakov

Misión apostólica (fragmento)

"La tía Dusia estaba afligida y descontenta conmigo.
–Mucho te permites, muchacho. No eres tú quién para juzgar a Annushka. Si entre nosotros hay alguien de entereza en la fe, nadie más que ella.
–Dusia, ¿y tú te sientes mejor en virtud de su fe?
–Yo no busco ningún interés para mí, muchacho. Tampoco Annushka es interesada. En vano la atacaste con tus ladridos.
–Entonces yo hubiera tenido que oír cómo ella y otros se abalanzaban a mí ladrando.
–Tómalo con paciencia, saldrás sin daño; eres más joven, al parecer.
–¿Acaso la vejez da derecho a la maldad y a la injusticia?
–La vida es así. Y la de ella ha tenido más espinas que la tuya. Lo oíste, estuvo en la cárcel. ¿En qué iglesia ves ahora campanas? ¡No las hay! Hace tiempo que las quitaron de todas. Pero aquí cuelgan y en las fiestas sagradas, a decir verdad, nos alegra el tañido, como antes. ¿A quién hay que darle las gracias? A Annushka. Ella las salvó... Casi ahogó al jefe de milicias del distrito, cuando vinieron a quitar las campanas. Annushka era entonces joven, sana y ardiente... ¿Acaso ella lo hizo por el interés? Sí, menudo interés: cinco años en sitios helados. Volvió peor que un muerto desenterrado. Y fíjate ahora: anda en harapos, aunque pasan por sus manos los dineros de la iglesia. Y no son pocos los dinerillos, vaya. ¿Se le ha pegado aunque sólo sea un copec de Dios? Ni uno, galán. ¡Tiene las manos limpias! ¡No enjuicies!
No supe qué contestar.
Naturalmente que Anna cree, y lo hace con desinterés. La religión es una guía de cómo vivir. Pero si hay que tomar la fe de la hermana Annushka por guía para la vida, qué horrible ha de ser entonces la vida sobre la tierra.
«Pero Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen...»
¿No me estaré convirtiendo en un dogmático?
Noche. Tras las ventanas, aún descorridas, en la luz verdeazulada de la luna, como en el fondo del mar, descansa el pueblo de Krasnoglinka.
Noche. Sobre mí no gravita ahora la pesadilla del Universo. ¡Qué me importan las estrellas ni las remotas galaxias! Me angustia lo cercano, lo que habré de encontrar mañana temprano.
De mañana; la pala y la dura arcilla; por la noche: el padre Vladímir y la hermana Annushka. Abandoné hija y esposa, no podía soportar esa vida.
¿Podré soportar ésta?
Y entonces, al fin y al cabo, ¿qué es lo que necesito?
¿No estaré descarriado?...
La tía Dusia, la hermana Annushka, el padre Vladímir: todo un surtido de parientes. ¿Me serán ellos más queribles que Inga? Inga no comprendía, no compartía. Y ¿éstos?
¿Lo uno por lo otro?... ¡Oh, no! Inga vale más que la hermana Annushka, ese anciano sargento Prishibéiev1 con faldas.
¿Y el padre Vladímir?... La exasperada fe de este pobrecito desdichado no es nada mejor que la implacable fe de la hermana Annushka. Creer a toda costa. Ser un simplón. Ser bruto. Tener incluso la torpeza por honrosa. Para ella son las primeras franquicias. «Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos». La irracional cucaracha debe ocupar en ese reino un lugar más honroso que yo. ¡Que le aproveche! ¡Para qué diablos quiero el reino de las cucarachas! No quiero renunciar a lo humano. Ni yo quiero, ni tampoco la Naturaleza lo permite. ¿Retroceder hacia la cucaracha?... No, ciertamente. "



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