Memphis (fragmento)Peter Taylor

Memphis (fragmento)

"Alex miraba por una ventana delantera cuando vio a su amigo el señor George aparecer por la curva y apearse del coche. Llevaba bastante rato esperando, y se preguntó por qué, llegando con tanto retraso, mi padre se movería con tanta lentitud como lo hizo en cuanto bajó del coche. En aquella época de su vida papá vestía al estilo de Memphis, que ya había adoptado. Era al principio de la primavera y llevaba lo que Alex llamaba un sombrero Stetson (aunque Alex no sabía absolutamente nada sobre prendas de vestir, fueran del estilo de Memphis o de otro cualquiera) y una chaqueta de polo con cinturón (suponiendo que Alex fuera capaz de identificarla correctamente). Al adentrarse por el sendero de ladrillo que desde la acera pública llevaba a la casa, papá apartó a puntapiés montones de hojarasca acumulada allí desde el otoño anterior y apelotonada por las lluvias y nieves del invierno. Mi padre barrió cuidadosamente hacia un lado las hojas sucias con la lustrosa puntera de sus zapatos marrones. Y este gesto creo que le causó a Alex una hiriente impresión. Atribuyó la indecisión de mi padre, mientras este se aproximaba, a la desagradable necesidad de entrar en una casa cuyos habitantes, en primavera, no se habían preocupado aún de recoger las hojas muertas del otoño. (Faltaban escasos días para Pascua.) Tales observaciones, imagino, no hicieron que Alex deseara convertirse en el tipo de hombre que cada año recoge la hojarasca en otoño, pero sí lamentó que un caballero como el señor George Carver tuviera que someterse a sus poco convencionales normas de vida. Le pareció que mi padre, mientras se acercaba, se sentía a disgusto y fuera de lugar en una vecindad como aquella, compuesta de bungalows más o menos descuidados.
De lo que Alex no se dio cuenta fue de que papá, con toda probabilidad, temía la entrevista que había concertado y daba puntapiés a las hojas con la mente ausente. Mi padre, claro está, iba a preguntarle a Alex si creía o no que sería poco honorable para él, como mi progenitor, trasladarse a Chattanooga y hablar con el padre de Clara Price de ella y de mí sin antes decirme a mí lo que se disponía a hacer. Y con razón temía papá la entrevista. Porque Alex le dijo, como sin duda mi padre pensaba que haría, que sería poco honorable actuar de aquel modo. Y a despecho de la respuesta de Alex, papá fue efectivamente a Chattanooga a ver al señor Price. Fue al día siguiente mismo y lo hizo sin consultarme a mí, cosa que evidentemente sabía de antemano que haría fuera cual fuese la opinión de Alex.
En aquellos momentos Alex no me dijo nada respecto a esto. Y ni entonces ni después le dijo nada a mi padre de la llamada telefónica que yo acababa de hacerle. La verdad es que, durante el largo intervalo entre el aviso previo de mi padre y su llegada a la puerta de Alex, este había recibido una de mis conferencias desde Chattanooga (en el curso de la cual declaré que no veía razón para seguir viviendo si no tenía el amor de Clara Price). Los silencios de Alex Mercer podían ser una maravilla. Ni le habló a mi padre de mi llamada, como he dicho, ni a mí me contó una palabra, hasta muchos años después, de la visita de mi padre. No la mencionó siquiera cuando, por la Navidad de aquel año, fecha en que Clara había ya consentido en que su padre la enviase a América del Sur, volví yo a Memphis, y volví para llorar sin recato en presencia de Alex y decirle que tenía buenas razones para creer que estaba perdiendo el seso. "



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