Espresso bar (fragmento)Sándor Márai

Espresso bar (fragmento)

"El café era una clase de hogar en ese Budapest antiguo, triste y nervioso, de poco fundamento, construido de prisa, a la americana, inquieto y sin estratos, pero lleno de comisionistas, el café significaba un número de teléfono, un círculo familiar, un local de comercio, incluso el Parnaso mismo y el Olimpo. El café era un lugar de creación. El espresso bar es un lugar de charla. La gente charla en voz baja, toma el café a sorbos, apretujada en el olor húmedo de la cafeína y la nicotina, apresurada y cohibida como el que, ante el peligro de una tormenta, se esconde bajo un portal esperando a que se vayan las bombas o las nubes de lluvia. En el espresso bar se nota el vapor de esta prisa, de este desamparo. El café tenía un ritmo, uno escribía epopeyas o jugaba al billar, o recortaba de las revistas inglesas las láminas en color o jugaba a juegos de mesa con el escritor Frigyes Karinthy y el poeta Árpád Tóth, o esperaba una llamada de teléfono que un día, una mañana o una noche seguramente le traería noticias maravillosas. Vendrá Lajos el del teléfono, y te dirá que la editorial americana ha llegado, y que Elvira ruega que le perdones, y mañana volverá. Uno podía esperar cosas similares en el café. Y el mundo flotaba en este acuario cómodo donde, envuelto en el humo del cigarrillo, se difundían las noticias, y todo tenía un ritmo profundo y lento como la vida hace veinte años. En el espresso bar no se puede escribir una epopeya porque no hay sitio sobre la mesa. Conozco a gente que sigue frecuentando ciertos cafés alrededor de la avenida Rákóczi porque allí uno puede apoyar los codos sobre mesas de mármol negro, y no sobre el mármol artificial de color blanco agrisado que se encuentra en la mayoría de los sitios. ¿Tú lo comprendes?… Yo sí. En el espresso bar no se puede pedir una enciclopedia al encargado de prensa porque no la hay. En el espresso bar no se puede esperar milagros porque la generación que ha fundado este género, que lo necesita y lo usa, ya no cree en los milagros. Esta generación no cree en que uno puede pedir al camarero una simple rebanada de pan con embutido, aquí ya no hay maître que recorte de las revistas los artículos y poemas más bonitos de los escritores que le deben, aquí no hay carrera teatral, literaria o social. Aquí solo existen la prisa, el calentarse tímidamente, la contemplación parlanchina y una buena taza de café por cuarenta y cinco céntimos. El café pretendía ser el hogar artificial del Budapest desamparado. El espresso bar ya no quiere ser hogar. Es un refugio de buen gusto para almas inquietas, un rincón oscuro de parloteo para la juventud agobiada. Así es la vida, así forma y borra los géneros. No te quejes. Intenta comprenderlo y acostumbrarte. La vida es una lucha, y toda lucha es incómoda como estas sillas angostas y estas mesas pequeñas. "


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