Mil otoños (fragmento)David Mitchell

Mil otoños (fragmento)

"Temprano, a la hora del jabalí, se abren las puertas para la entrada de los dos Donantes. Todas las hermanas presentes en la Sala Alargada oyen el ruido del cerrojo. Los pasos de la abadesa Izu abandonan su alcoba y se detienen en la entrada. Orito imagina tres reverencias silenciosas. La abadesa guía los pasos de dos varones a lo largo del pasillo interior, hasta la celda de Kagerô, primero, y la de Hashihime, después.
Al cabo de un minuto, las pisadas de la abadesa recorren el trayecto inverso, pasando por delante de la Sala Alargada. Silban las velas. Orito pensaba que Yûgiri o Sawarabi tratarían de echar un vistazo a los Donantes elegidos cuando pasasen por el pasillo en penumbra, pero en lugar de eso juegan una sobria partida de mah jong con Hotaru y Asagao. Nadie hace la menor alusión a la llegada del maestro y del acólito a las habitaciones de las donatarias. Acompañándose con el koto, Hatsune canta quedamente El castillo al claro de luna. La provisora está remendando un calcetín. Orito se percata de que cuando al fin tienen lugar los intercambios carnales que la Casa da en llamar «Donaciones», todas las bromas y chismorreos cesan por completo. La comadrona comprende que la ligereza y procacidad no son una negación del hecho de que los úteros y ovarios de las hermanas sean propiedad de la Diosa, sino una forma de sobrellevar la servidumbre...
De vuelta en la celda, Orito mira la lumbre a través de un agujero de la manta. Unos pasos de hombre han salido de la alcoba de Kagerô hace ya un rato, pero el Donante de Hashihime está entreteniéndose un poco más, tal como le está permitido hacer a los Donantes cuando ambas partes están de acuerdo. Todo lo que Orito sabe del acto sexual lo ha aprendido de textos médicos y de las anécdotas de las mujeres que curaba en los burdeles de Nagasaki. Trata de desterrar de su pensamiento la posibilidad de que, dentro de un mes escaso, haya un hombre metido bajo esa misma manta, inmovilizándola contra el colchón. Haz que yo no exista más, suplica al fuego. Disolvedme en vuestro interior, implora a las tinieblas. La joven se da cuenta de que tiene mojado el rostro. Una vez más, recorre mentalmente la Casa de las Hermanas en busca de una escapatoria. No hay ventanas exteriores por las que huir. El suelo es de piedra y no puede excavarse. Las dos verjas de entrada están cerradas por dentro, con una garita entre ambas. Los aleros de los claustros vuelan muy por encima del patio y no pueden alcanzarse ni escalarse. "



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