El joven Adolfo (fragmento)Beryl Bainbridge

El joven Adolfo (fragmento)

"Le estaba construyendo al querido Pat un trenecito sobre ruedas. Adolfo lo consideraba una pérdida de tiempo. Pat sólo lo usaría como chupador. Lo mismo daría que Alois le regalara un bloque de madera.
No pasaba noche sin que Meyer volviera del hotel con el estuche del violín lleno de provisiones. Con resplandeciente sonrisa esparcía nueces y uvas pasas, frutas confitadas y puros habanos sólo fumados en una cuarta parte. Entonces Bridget, chillando de placer y alarma, recogía sus preciosas telas para protegerlas de cualquier daño. Le estaba haciendo un vestido nuevo al bebé. La mesa estaba cubierta desde la mañana a la noche de trozos de tela de algodón blanco y un tejido de lana y lino escocés y franela fina. Alois estaba siempre quejándose de los hilos que se le adherían a la americana. Finalmente, apenas cruzaba el umbral, cogió la costumbre de meter el sombrero dentro de una bolsa confeccionada con papel de periódico. Decía que cepillarlo con exceso dañaba la pelusilla.
El último domingo antes de Navidad, Meyer le preguntó a Adolfo si le gustaría acompañarlo a él y a Bridget a dar un paseo por el campo. Bridget quería buscar ramas de pino y acebo para decorar la sala; Adolfo podría buscar castañas. Aceptó. Aunque le hubiera gustado estar a solas con Meyer, cualquier cosa era preferible a quedarse en casa con Alois, que estaba confinado en cama con un resfriado. Alois tenía la desagradable costumbre de golpear imperiosamente con su bastón el cabezal de bronce de su cama cada vez que necesitaba algo. Adolfo detestaba encontrarse a las órdenes de su hermano y odiaba entrar en la intimidad de esa habitación dominada por el gran bulto de la cama matrimonial, la lámpara que arrojaba una luz verdosa hasta el cielo raso, los peines, las horquillas, los tarros y los ungüentos para el bebé esparcidos sobre mantelitos de ganchillo en la barata mesa de tocador. Como no tenía costumbre de ver a Alois sin sombrero ni chaqueta, le era difícil mantenerse impasible frente a su corpulento hermano parcialmente desnudo, con su camisa de noche gastada y el cuello rollizo que llevaba todavía la marca del botón mientras se revolvía febril entre las almohadas arrugadas. A veces, desesperado por fumar, hurgaba en el ropero en busca de la colilla de algún cigarro olvidado, tosiendo al inclinarse sobre el redondeado vientre, con la camisa que dejaba ver las musculosas piernas blancas como la leche. Despojado de sus magníficas ropas, su cadena de reloj, su alfiler de corbata y su pañuelo de seda —que ahora colgaba de un clavo detrás de la puerta—, Alois parecía infantil y malhumorado. Cuando no estaba estornudando y quejándose, estaba pidiendo un vaso de agua, un pañuelo limpio, un ejemplar de la Gaceta de las Carreras. En esos momentos Adolfo sentía la tentación de golpearlo y meter la muñeca de Pat en esa exigente garganta abierta. "



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