Las aventuras de Caleb Williams (fragmento)William Godwin

Las aventuras de Caleb Williams (fragmento)

"Estimulado por estos sentimientos, yo era lo que el señor Forester necesitaba: un oyente ávido y entusiasta. Soy enormemente sensible a las impresiones; y las que me llegaban sucesivamente al espíritu se volvían visibles en mi semblante y mis gestos. Las observaciones que el señor Forester había hecho en sus viajes, las opiniones que se había formado, todo me divertía e interesaba. Su manera de contar un suceso o explicar sus pensamientos era vigorosa, clara y original; su estilo de conversación tenía una gracia especial. Todo lo que decía me encantaba; a cambio, mi simpatía, mi ansiosa curiosidad y mi sincero entusiasmo me convertían en un oyente deseable para el señor Forester. No es extraño, por tanto, que nuestra relación se volviera más íntima y cordial de día en día.
El señor Falkland estaba destinado a ser eternamente infeliz; era como si no pudiera ocurrir nada sin que sirviese para alimentar esta imperiosa inclinación. Estaba cansado de la monotonía, y sentía un rechazo invencible hacia todo lo nuevo. Veía con desagrado la visita del señor Forester; apenas era capaz de mirarle sin un estremecimiento, emoción de la que su invitado se daba cuenta, y la atribuía al hábito y a la enfermedad más que a su juicio. Nada de lo que el señor Forester hacía le pasaba inadvertido; el detalle más insignificante le producía inquietud y temor. Las primeras muestras de amistad entre el señor Forester y yo despertaron probablemente sentimientos de celos en él; el carácter desigual y variable de su huésped tendía a aumentárselos, dado que confería una apariencia de enigma y misterio. Fue entonces cuando me anunció que no veía con agrado que tuviera demasiado trato con este caballero.
¿Qué podía hacer yo? Joven como era, ¿podía esperarse que me comportase como un Filósofo y pusiera freno a mi inclinación? Aunque había sido imprudente, ¿podía voluntariamente someterme a una penitencia eterna, y abstenerme de la sociedad humana? ¿Podía rechazar una franqueza tan en consonancia con mis deseos, y recibir con descortesía una amabilidad que me cautivaba el corazón?
Además, no estaba dispuesto a plegarme a la sumisión servil que el señor Falkland me exigía. En la primera etapa de mi vida me había acostumbrado a ser dueño de mí mismo. Al principio de entrar al servicio del señor Falkland, la novedad de mi situación había frenado mis hábitos, y las cualidades de mi patrono habían conquistado mi afecto. A la novedad y su influencia había sucedido la curiosidad. La curiosidad, mientras duró, fue un principio más fuerte en mi pecho que incluso el amor a la independencia. A ella habría sacrificado mi libertad y mi vida; para satisfacerla, me habría sometido a la condición de un negro de las Indias Occidentales o a las torturas que infligen los salvajes norteamericanos. Pero ahora se me había calmado la turbulencia de la curiosidad.
Mientras las amenazas del señor Falkland fueron vagas y genéricas, las soporté. Me daba cuenta de la acción indigna que había cometido, y eso me volvía humilde. Pero cuando decidió ir más lejos, y trató de dictarme mi propia conducta, perdí la paciencia. Consciente antes de la posición infortunada en que mi imprudencia me había colocado, ahora tenía una visión más cercana y alarmante de las circunstancias del caso. El señor Falkland no era ningún anciano; era un hombre vigoroso, aunque de aspecto estropeado quizá; podía vivir tanto como yo. Era su prisionero: ¡y de qué modo! Observaba todos mis actos, vigilaba todos mis gestos. No podía moverme a derecha o izquierda sin que los ojos de mi guardián estuviesen sobre mí. Me vigilaba; y su vigilancia me resultaba opresiva. Se había acabado la libertad para mí, se había acabado la alegría, la despreocupación, la juventud. ¿Era ésta la vida que había iniciado yo con tan cálidas esperanzas? ¿Iba a consumir mis días en esta melancolía gris; me había convertido en un galeote en manos del orden natural a quien sólo la muerte, la mía o la de mi implacable superior, podía liberar?
Había sido atrevido a la hora de satisfacer una curiosidad infantil y absurda, y lo sería igualmente, si era preciso, defendiendo todo lo que puede hacer la vida valiosa. Estaba dispuesto a llegar a una transacción: me comprometería a que el señor Falkland no sufriese jamás daño alguno a través de mí; a cambio, esperaba que no se entrometiese en mi vida, sino que me dejase seguir mi propio criterio. "



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