En el tiempo de la luz (fragmento)Benjamin Alire Sáenz

En el tiempo de la luz (fragmento)

"Cruzaron el puente Santa Fe hacia Juárez, a su alrededor el olor del humo de la fila de autos que pasaban sin descanso de una ciudad a otra. Había hombres y mujeres y niños de su edad vendiendo cosas, sosteniendo cosas en alto para que todo el mundo pudiera verlas, dulces, curiosidades, crucifijos, compren, compren. Tal vez algunos de estos muchachos habrían perdido a sus padres también. Tal vez él terminaría como ellos, vendiendo cosas en la calle. De alguna forma, Andrés había adivinado que su nueva casa estaría en Juárez, como sabía que los Fernández no sabían nada de todo esto; como sabía que nunca volvería a ver su bicicleta. Se mantenía en silencio. Era mejor no decir nada. ¿Y qué podía decir, en todo caso? Tenía diez años. No se había emancipado.
Mando compró dos paquetes de cigarrillos a uno de los vendedores, uno para él y otro para Yolie. Andrés sólo había estado en Juárez con sus padres, y siempre habían cruzado el puente a pie. Juárez siempre le había gustado. Le gustaban los olores y la forma de hablar de la gente y las calles abarrotadas, de gente caminando, y su padre le había dicho que era más civilizado ir caminando a los lugares que conducir, y ese día su padre le había explicado la palabra civilizado, y recordaba todas estas cosas mientras entraban a Juárez. Todos los aromas le hacían recordar a su padre, de cómo habían sido las cosas. Recordaba los cortes de pelo que le habían hecho aquí y cómo su papá siempre compraba vainilla para su madre y tortillas de maíz que se derretían en su boca y tenían el sabor de México. Eso era lo que le había dicho su madre. Que México sabía a maíz y a las manos de las mujeres que habían hecho tortillas durante miles de años. Y al recordar todas estas cosas, Andrés se sintió más triste de lo que nunca había estado antes. Durante mucho tiempo había intentado no pensar en su mamá y su papá, pero ahora, en el puente Santa Fe, en lo único que podía pensar era en que los dos estaban muertos.
Mando giró a la derecha por la Avenida Benito Juárez y siguió por unas calles angostas. Las calles estaban llenas de gente y pasaron frente a una gran cantidad de bares, o por lo menos así le pareció a Andrés. Había estado con su padre en algunos bares, y conocía su aspecto. Más adelante, descubriría que habían pasado por la Calle Mariscal, el distrito donde trabajaban todas las prostitutas. Se aprendería las calles de este distrito mucho mejor que las calles de su propio barrio. Pero ese día Andrés sólo tenía una idea vaga de lo que podía ser una prostituta.
En una pequeña calle angosta, Mando estacionó frente a una casa. No era en realidad una casa, no como las casas de su barrio, donde todas tenían vallas o muros de piedra o muros construidos en ladrillo o bloques de cemento, cercas y jardines y flores y césped y todo eso. No había nada de todo eso en este barrio. Estas casas parecían una sola casa larga con puertas y ventanas cada tantas yardas, una acera de cemento como jardín, unos cuantos árboles tristes tratando de crecer aquí y allá. Cada puerta, supuso, era una especie de casa. Como apartamentos, así que le preguntó a Mando, "¿Estos son apartamentos? ¿Vamos a vivir en un apartamento?"
"No," dijo Mando. "Estas son casas. Las casas no son iguales en todas partes, Andy".
Mando se dirigió caminando hasta una puerta con el número 1 2, sacó un juego de llaves y la abrió. Todos siguieron a Mando adentro de la casa. Andrés fue el último en entrar. El cuarto de enfrente se veía oscuro, pero cuando Yolie descorrió las cortinas, quedó más claro. Pero no era bonito. Las paredes eran de un gris oscuro y tenían manchas de humedad por el techo que goteaba cuando llovía, y Andrés imaginó que olía a orina. Había orificios en la pared, como si alguien hubiera librado una guerra ahí dentro.
Los pisos estaban tapizados en un viejo linóleo, con flores amarillas descoloridas y parras verdes ramificándose en diferentes diseños sobre la superficie desgastada. Debió de haber sido muy bonito cuando era nuevo, pero ahora se veía viejo y pálido y triste, y acabado por todas las pisadas del desfile de gente que habrá vivido aquí. El cuarto de enfrente llevaba, hacia la cocina, y en la cocina había una estantería grande, como un estante de libros, y una mesa de madera, una mesa bonita, con seis sillas de madera alrededor. Y había también una nevera y una pequeña estufa de gas. “Anoche compré la mesa y las sillas,” dijo Mando. Orgulloso. “La nevera y la estufa necesitan una limpieza; las compré de segunda mano. Pero funcionan.” La cocina desembocaba en otra habitación, y Andrés supuso que se trataba de uno de los cuartos. Y ese cuarto llevaba a otra habitación vacía, que Andrés imaginó también como otro de los cuartos. Y ése llevaba a un pequeño jardín, tan reducido como las otras dos habitaciones. “Un solar,” lo llamó Mando. "



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