La mujer Quijote (fragmento)Charlotte Lennox

La mujer Quijote (fragmento)

"Como Glanville se esforzaba mucho en llevar la conversación hacia temas en los que la encantadora Arabella pudiera explayarse sin mezclar las absurdas fantasías que a menudo utilizaba, pasaron el resto de ese día y los siguientes en agradable compañía. Al cabo, Glanville se encontró recuperado del todo y pudo salir al campo, por lo que Sir Charles propuso celebrar una cacería en la que Arabella, acostumbrada a ellas como estaba, aceptó participar. Sin embargo, al enterarse de que la Srta. Glanville no sabía montar y se quedaba en casa, ella también se habría quedado, de no ser por la insistencia de su tío.
Sir George y otros caballeros se apuntaron a participar en la cacería, por lo que al salir para montar, Arabella se encontró con un nutrido grupo de galanes dispuestos a ayudarla. Aceptó, pues, con mucha educación, la asistencia del desconocido que estaba junto a ella y montó, dando a todos los presentes oportunidad de admirar la gracia con que dominaba al caballo. Como su figura era perfecta, su estilo al montar revelaba todos sus encantos: el sombrero y la pluma blanca que cubrían parte de su negro cabello le daban a su bello rostro un peculiar atractivo, y resultaba tan hermosa con ese vestido y esa postura, que Glanville, olvidando todos sus disparates, se quedó embebido en la contemplación de todos aquellos encantos que adornaban su persona.
Aunque de verdad admiraba a Arabella, Sir George no estaba tan perdidamente enamorado como Glanville y, buen deportista como era, se entregó de lleno a la caza con el resto del grupo, mientras Glanville, interesado sólo en su prima, permanecía junto a ella.
Tras cabalgar largo tiempo, a Arabella le pareció muy cruel no darle a su pretendiente oportunidad de conversar con ella, como parecía desear ardientemente, a juzgar por su evidente ansiedad, por lo que al llegar a un valle ameno, se detuvo y le dijo a Glanville que estaba cansada de la cacería y le gustaría desmontar para descansar un rato en la umbría de algunos árboles. Glanville, muy complacido por tal proposición, desmontó y ayudó a Arabella, sentándose luego sobre la hierba junto a ella.
Segura de que él empezaría a hablarle de su pasión, Arabella se sonrojó ante la idea de haberle proporcionado tal oportunidad, y Glanville, tratando de ajustarse a la idea del amor que ella tenía, se expresó en términos tan extravagantes que cualquier mujer razonable habría pensado ser objeto de burla, y con los que Arabella, sin embargo, se sentía muy halagada; es más, observaba tal decoro en sus respuestas que, por utilizar el lenguaje de los autores de romances, si bien no le daba esperanza definitiva de ser amado, sí decía sin embargo lo suficiente para que él concluyera que no le odiaba.
Llevaban así platicando cerca de un cuarto de hora cuando, al atisbar a cierta distancia a un hombre que paseaba muy tranquilo, Arabella dio un grito y con precipitación se levantó y se alejó para desatar el caballo: tan sorprendido se vio Glanville por aquel comportamiento que durante unos instantes no pudo preguntarle por la causa de su miedo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com