Soledad (fragmento)Eduardo Acevedo Díaz

Soledad (fragmento)

"Al recibir el golpe, Luna sintió subírsele la sangre como un aluvión á la cabeza; y salido de su aturdimiento, tentado estuvo de desnudar la daga.
Lo desarmó, sin embargo, el hecho de ver alejarse á Montiel, á quien su hija había cogido del brazo y arrastraba hacia las casas, en medio de una brega de interjecciones, amenazas y crudos reproches.
Pablo se echó de brazos sobre el cuello de su caballo, ahogándose en sollozos. Apenas podía tenerse de pie. El manso alazán se movía de atrás para adelante, tascando el freno, y luego de costado describiendo semicírculos, como si ofreciese el lomo á su amo que parecía estrecharlo en medio de su congoja, como á su único amigo.
Al fin montó y fuese por la orilla del monte.
Junto al barranco de la Bruja se paró de golpe y extendió hacia él las dos manos con ademán tétrico y extraño.
Sin balbucear palabra, siguió su camino casi errante entre las sombras, á solas con sus instintos en el matorral abrupto, sin luz clara en el cerebro, amargada por el hondo agravio su pasajera alegría, absorto en su dolor.
Era el camino seguido el mismo que en otro tiempo emprendió con el cadáver de la bruja á cuestas; de aquella bruja que él parecía tener motivos para amar hasta más allá de la tumba.
Anduvo largo trecho. Entró al potril oscuro.
Se apeó de pronto, arregló el recado con mano convulsiva, y rompió á llorar. Después alzó crispado el puño, conjuró á grandes voces la sombra de la bruja, y tirándose al suelo boca abajo se mantuvo en esa posición un gran rato, cual si buscase esconder su semblante debajo de tierra.
Entre sus gemidos lúgubres pronunciaba la palabra mama, con una especie de unción casi religiosa. El cadáver apretado entre leños parecía constituir su embeleso, pues atraía con frecuencia sus miradas.
Disvariaba con el «daño»; con los pájaros negros que había visto en el lomo de un animal enfermo; con el ñacurutú que servía de imaginaria al féretro colgante.
En ese estado, sus miembros se estremecían, hundía el rostro en el suelo, hacían trémulos sus espuelas.
Conciliado el sueño, á las dos horas se despertó sobresaltado con los ojos extraviados y la cabellera revuelta. Miraba á todos lados con cierto azoramiento. Dio algunos pasos temblando, con las manos extendidas. Sin duda en sueños, por su imaginación ofuscada cruzó un fantasma sangriento enseñando anchas heridas á través de sus harapos; fantasma que huía perseguido por una banda de perros famélicos, veloces monstruos de erizados pelos y agudos colmillos.
Pasándose una mano por los ojos sacó á medias la daga de la vaina, observó á una y otra parte con aire de sonámbulo y volviendo al fin á su ser, se quedó taciturno.
El cuerpo de la bruja reposaba entre los árboles circuido de hojarascas y enredaderas: junto á él inmóvil, el búho mantenía fijos sus ojos como dos grandes tucos en el gaucho de salado.
Se volvió á arrojar al suelo, y se quedó de nuevo quieto largos instantes.
El alazán daba vueltas sujeto por el cabestro del brazo de su amo, y de vez en cuando bajaba y sacudía la cabeza resoplando.
Estos resoplidos concluyeron por hacerle levantar la suya dolorida, y tornó á ver al lado del ataúd colgante, al ñacurutú que lo miraba silencioso. En su extravío se imaginó que los redondos ojos del búho no reflejaban ya una luz amarilla, sino un destello rojo que venía á herirlo en las pupilas como un dardo de fuego.
Se incorporó hablando incoherencias, un idioma incomprensible, cual si conversara con la sombra de la bruja. Seguía llamando á ésta su madre, en medio de la jerga en que estallaban sus instintos.
Por último, dirigió el brazo tendido hacia la isleta en que dormía Rudecinda su sueño eterno, y lo agitó en señal de adiós. El búho, á su vez, batió sus alas sin ruido, como si fueran de felpa. Pablo saludó también á ese centinela de morrión de plumas, que defendía de los insectos á la pobre muerta.
Se arrojó á los lomos á plomo y recomenzó á andar. Pero no se dirigió á su rancho.
Vagabundo por el valle, por los ribazos, por los estribaderos, escudriñando sendas, sondando el vado del arroyo, volviéndose por el mismo camino recorrido, desmontándose aquí y corriéndose como un duende por allá, fugaz, misterioso, transcurrieron para él las horas como segundos, y le sorprendió la alborada en un escondrijo del monte con el gesto sombrío y la mirada torva. "



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