Las paredes hablan (fragmento)Carmen Boullosa

Las paredes hablan (fragmento)

"Fue a partir de enero de 1910 que Casa Santo estuvo habitada. Con mayor o menor regularidad, el dueño y su hijo venían los fines de semana, recibían con mucha frecuencia amistades. El velador y sus heladas carcajadas idiotas se habían multiplicado en tres o en cuatro, según se haga la cuenta: tomó mujer, una escuálida y fea, que como él reía a lo idiota, y ésta dio a luz a una cría insufrible que encerraban en la habitación cuando estaba el patrón, por lo que Bernardo Goríbar no tenía conocimiento de su existencia. La cría era (o eran, si los pensamos en plural) dos niños pegados del torso. Sus cuatro ojos eran como dos líneas. Tenían en total tres brazos, el cuarto había quedado adherido al cuerpo, su manecita era la cola del fénix que formaran. Eso sí, lloraban mucho y con dos bocas.
Yo atendía tanto lo que ocurría en mí como lo que le pasaba a la vecina, por la novedad de la experiencia, bastante incómoda. No cuando sólo estaban los cuidadores, ésos dejaron de tener interés casi de inmediato. En cuanto vi desnudo el cuerpo de la cría y retiré con desagrado los ojos, la creí una mala broma, una alusión de mal gusto a mi vecindad con Casa Santo. Yo quería distancia, una mano mía jamás quedaría sometida por esa guay de protervos, yo no tenía piernas para correr, alas para volar, estaba atada de raíz mi piedra al suelo. Sé de cierto que, así su cuerpo remedara paródico nuestra vecindad –ella levantada en mi torso–, no era buen reflejo. Los dos corazones de esa infeliz cría estaban por igual mudos. Vivirían largos años, sobrevivirían a sus padres, a todos sus coetáneos, pero sus corazones no tendrían jamás el pálpito de la vida. Pero ésa es otra historia.
Mi curiosidad por la vecina Casa Santo renacía cuando llegaba Bernardo Goríbar, y más cuando recibía visitas. Atendí todas las conversaciones, comparándolas con las nuestras. De su lado hablaban de los magonistas conspiradores, de las ideas subversivas que carcomen al país, de los rebeldes maderistas que incendian las voluntades de los inocentes, de los movimientos sediciosos que se reprobaban desde el púlpito. Del nuestro, se arremetía contra los frecuentes carcelazos arbitrarios practicados en los que se atreven a denunciar la podredumbre porfirista, que es mucha. Se hablaba de injusticias, de arbitrariedades, de tiranía y de la necesidad de escuchar a los antirreeleccionistas, «los pueblos se dignifican por la ley». En Casa Santo, de las prédicas disolventes de Madero. Amotinados, se decía en Casa Santo. En Casa Espíritu: patriotas. Madero era de nuestro lado un ser ejemplar, del suyo un alborotador que traía desazón al pueblo. En Casa Espíritu: «¡Somos rebeldes!, seremos implacables». En Casa Santo: «Seremos implacables contra los rebeldes». En Casa Espíritu: «Nunca la maldita resignación». «Tirano.» «Nos opondremos a la fuerza.» «El imbécil Díaz.» "



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