La memoria de las piedras (fragmento)Carol Shields

La memoria de las piedras (fragmento)

"De repente es mucho más viejo de lo que ella jamás habría creído que llegaría a serlo. Dentro de unos meses cumplirá sesenta y cinco años y se verá obligado a jubilarse como director del Instituto de Investigaciones Agrícolas. Se planea un banquete de despedida, con discursos, regalos y gran bombo, como probablemente diría su mujer. ¿Y luego qué? Pensar en ello le asusta. Cuando su padre llegó a los sesenta y cinco se le alteró el juicio, hizo el equipaje sin decir una palabra a nadie y regresó a sus islas Oreadas natales, poniendo fin a todos los contactos con su familia, aunque en verdad nunca fueron numerosos. El pobre diablo tendría ochenta y cinco años si viviera, aunque es dudoso que siga vivo. Los vientos del norte ya habrán acabado con él, o los venenos de su mente, aunque dicen que la cólera alarga la vida. ¿Qué aspecto tendría? Barker Flett se lo pregunta sin poder evitarlo. Sólo les separan veintiún años, poco más de un par de décadas, y lo que en el pasado parecía un gran abismo se ha reducido a una insignificancia. Su estructura genética, la suya y la de su padre, tienen que ser muy similares: los miembros largos, el cabello áspero y oscuro, un rictus de tristeza en la boca. Ahora nada los separa excepto la geografía. Si no fuera por la extensión del océano Atlántico, los dos podrían estar juntos en su ancianidad, más como hermanos que como padre e hijo, con la sangre cada vez más clara y los miembros atrofiados por la ociosidad.
La ociosidad... Esa idea le asusta, lo mismo que sus viejas tentaciones, la soledad y el silencio.
¿Qué les sucede a los hombres cuando se quedan sin trabajo? Barker Flett piensa en su suegro, Cuyler Goodwill, quien, aunque goza de perfecta salud, se ve reducido a la inanidad de los viajes y los proyectos irrisorios. No, él no caerá en esa clase de chochez. Varios amigos afectuosos le han sugerido que escriba su autobiografía, pero no hará tal cosa, pues las superficies de su vida han sido tan alisadas y pulidas por los años que son casi inasibles. ¿Por dónde empezaría? Preferirá trabajar en su colección de chapines de Venus, a la que hace años que no añade un nuevo espécimen. También se propone escribir un par de artículos y, además (algo que es mucho menos académico), el director del Recorder de Ottawa le ha pedido que colabore con un artículo o dos, tal vez incluso una columna semanal, sobre horticultura en la región de Ottawa-Carleton. También recuperará el hábito de salir a pasear con los niños los fines de semana, preguntándoles, mientras deambulan a lo largo de las tranquilas calles, por los nombres comunes de árboles y arbustos. No puede comprender por qué motivo sus vástagos son incapaces de retener una información tan sencilla sobre el mundo natural.
Lo cierto es que se pregunta con qué llenan sus cabezas, como también se pregunta si les avergüenza que les vean con un padre tan mayor, un hombre tan viejo que podría ser su abuelo, un hombre que ha vivido dos guerras mundiales y no ha participado en ninguna, que casi nunca juega con ellos en el patio, que apenas los alza en brazos o les llena los oídos de tonterías a la hora de acostarse. Un hombre demasiado cansado para segar el césped de su jardín al final de la jomada.
Esta jomada finalizará a las once para la familia Flett. Por supuesto, los niños estarán acostados mucho antes, sólo cubiertos por una sábana, aunque habrá una manta doblada en forma de abanico al pie de la cama, preparada para que la usen en las frías horas de la madrugada. La luna estará en lo alto, como un melocotón pálido en sus ventanas. Las ramas de los olmos rozarán la tela metálica, y ese sonido susurrante penetrará directamente en sus sueños. Qué dulzura tiene la atmósfera, qué refugio celestial es esta ciudad norteña en pleno verano. Qué afortunados son los miembros de la familia Flett, al margen de sus edades desproporcionadas, de sus pensamientos ocultos y de lo poco que tienen en común. "



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