Labor arcaica (fragmento)Raduan Nassar

Labor arcaica (fragmento)

"Y recordé haber escuchado siempre en los sermones del padre que los ojos son la candela del cuerpo, y que si ellos eran buenos lo eran porque el cuerpo tenía luz, y si los ojos no eran limpios revelaban un cuerpo tenebroso, y yo allí, frente a mi hermano, respirando un olor exaltado de vino, sabía que mis ojos eran dos carozos repulsivos, pero no me importó que así fuesen, yo estaba confuso, y hasta perdido, y me vi de repente haciendo cosas, moviendo las manos, recorriendo el cuarto, como si mi embarazo viniese del desorden que existía a mi lado: ordené las cosas encima de la mesa, pasé un paño por la superficie, vacié los ceniceros en el cesto, estiré la sábana de la cama, doblé la toalla en la cabecera, y ya había vuelto a la mesa para llenar dos vasos cuando me descuidé y casi pregunté por Ana, pero eso fue sólo un ímpetu súbito y atropellado, yo podría preguntar eso sí cómo pudo llegar él a mi pensión, descubriéndome en el caserío antiguo o también, de modo ingenuo, intentar conocer el motivo de su llegada, pero ni siquiera estaba pensando en esas cosas, yo estaba oscuro por dentro, no conseguía salir de la carne de mis sentimientos, y allí junto a la mesa de una sola cosa estaba seguro, de tener los ojos exasperados sobre el vino rosado que echaba en los vasos; «las persianas» dijo él «¿por qué las persianas están cerradas?» dijo él desde la silla del rincón donde estaba sentado y no lo pensé dos veces y corrí a abrir la ventana y afuera había un atardecer tierno y casi frío, hecho de un sol fibroso y anaranjado que tiñó ampliamente el pozo de penumbra de mi cuarto, y yo todavía encajaba las hojas de las persianas en los ganchos cuando, ligera, me asaltó una primera crisis, pero no le hice caso, fue pasajera, por eso sólo pensé en terminar mi tarea y fui poco después, generoso y con algún escarnio, a poner también entre sus manos un soberbio vaso de vino; y mientras una brisa impertinente acolchaba las cortinas de encaje grueso, que dibujaban a media altura a dos ángeles trepando nubes, tocando tranquilos clarines con los carrillos hinchados, me abandoné al borde de la cama, los ojos bajos, dos bagazos, y fueron sus ojos plenos de luz encima de mí, no tengo dudas, los que me envenenaron, y fue una onda corta y quieta que me amenazó de cerca, y me llevó impulsivo casi a incitarlo en un grito «no te contengas, hermano mío, encuentra ya la voz solemne que buscas, una voz potente de reproche, pregunta sin demoras qué me ocurre desde siempre, restaura gestos, desfigúrame deprisa la cara, rómpeme en los ojos la vieja vajilla de la casa» pero me callé, creyendo que exhortarlo, además de inútil, sería una estupidez y, sin darme cuenta, caí pensando en sus ojos, en los ojos de mi madre en las horas más silenciosas de la tarde, allí donde el cariño y las aprensiones de una familia entera se emboscaban, y recordé cuando se abría en un instante vago la puerta de mi cuarto resurgiendo una figura maternal y casi afligida «no te quedes así en la cama, corazón, no dejes que tu madre sufra, habla conmigo» y sorprendido, y asustado, sentí que en cualquier momento yo podría también estallar en llanto, y se me ocurrió que estaría bien aprovechar el resto de embriaguez que no se había dejado espantar por su llegada para confesarle, quizá piadosamente, «es mi delirio, Pedro, es mi delirio, si quieres saberlo» pero fue sólo una oleada que pasó por mi cabeza y me hizo vaciar el vaso en dos tragos rápidos, y yo, que creía inútil decir cualquier cosa, comencé a escuchar (él cumplía la sublime misión de devolver el hijo descarriado al seno de la familia) la voz de mi hermano, calma y serena como convenía, era una oración que él decía cuando se puso a hablar (era mi padre) de la cal y de las piedras de nuestra catedral. "


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