La víspera de casi todo (fragmento)Víctor del Árbol

La víspera de casi todo (fragmento)

"Paola se había prometido que no volvería a ocurrir, aquella vez en la cala sería la primera y la última; pero allí estaban. Daniel dormía boca abajo, abrazado a la almohada con las sábanas enroscadas entre las piernas. Sentada a su lado, todavía oliendo a él, Paola contemplaba la línea de su columna vertebral y sus nalgas con la marca del calzoncillo. Un culo duro y hermoso que acarició con suavidad, entrecruzando los senderos de la realidad y la fantasía. Nada de preguntas. Solo el instante y sus certezas. Y, sin embargo, era inevitable cuestionar lo que estaba haciendo en aquel hotelito alejado de miradas indiscretas. Obviamente, esconderse y tener una aventura con un muchacho que podría ser su hijo. Ese era el propósito y así se lo había hecho sentir la mirada de la recepcionista cuando sacó el efectivo para pagar la noche, mientras Daniel esperaba junto a la escalera hojeando una revista. Paola había apartado la vista sonrojada. Debía de resultar risible para cualquiera.
Pero no se trataba únicamente del sexo, de sentirse joven y atractiva y con ganas de volver a vivir. Daniel despertaba en ella una curiosidad cada vez mayor que, al mismo tiempo, la obligaba a penetrar en su propio misterio. La manera que él tenía de amarla no era la de un joven inexperto o ansioso, y tampoco ella se comportaba como una amante adocenada. Era como si, al penetrarla, pretendiera coserse a ella. Nadie lo había hecho nunca, querer bajar a sus tinieblas sin miedo, rompiendo todos los sellos prohibidos, envuelto en una enigmática fuerza, revelando reacciones físicas y emocionales, sensitivas, de una veracidad absoluta e imposible. La piel le hablaba. Desvelaba partes de ambos a medida que avanzaban por el cuerpo del otro. El juego se había convertido en algo imprevisible, sobre lo que no tenía control. Daniel había logrado colarse entre las defensas y amenazaba con derrumbar las reglas lógicas de la estrategia. Buscaba algo en ella que Paola no creía tener. Y por absurdo que pudiera resultar, ella temía decepcionarlo. Daniel quería el absoluto y tal vez ella solo podía ofrecerle miseria.
Aun así, ¿por qué no beber otra botella de vino, hacer de nuevo el amor, sentirse otra en las manos de Daniel? ¿Por qué no tirar la llave del presente y quedarse para siempre enredada en las sábanas de aquella cama? Podían permanecer allí hasta agotarse, y besarse y callar o llorar y reír o dormir y no despertar.
Se tumbó a su lado y pegó la mejilla a su espalda. Respiraba despacio, pacificado. Quizá soñaba. Le hubiera gustado saber qué. El frío se le había metido debajo de la piel. Se recogió entre las sábanas, rodeada del silencio que ahora lo envolvía todo. Dio media vuelta y ofreció su perfil al espejo frente al tocador: la curva de la cadera, la pierna derecha, el pie enredado en las sábanas mostrando el tobillo, el hombro enrojecido por el roce con la barbilla de Daniel, la mitad de su rostro cubierto por el cabello, la otra mitad hundida en la almohada. ¿Quién era ella realmente? ¿La que se mostraba o la que se ocultaba? ¿Qué parte era más cierta y cuál menos? Ambas, habría dicho Daniel —con esa sonrisa que era la pértiga con la que saltaba cualquier dificultad—, aunque él no supiera nada de su otra vida. Se inclinó y acarició el hombro de Daniel. "



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